miércoles, 2 de marzo de 2016

Al acecho


Ella está bailando con sus amigas. Se ríen con esa complicidad de saberse observadas, admiradas, deseadas… Son todas lindas, aunque yo ya elegí. La mía tiene el pelo negro, muy largo, que se mueve acompañando cada movimiento de su cuerpo. Viste un pantalón corto blanco y una blusa que deja al descubierto su ombligo. Ese ombligo que pienso lamer, morder, chupar… Ella es mía, sé que no va a querer, por eso tengo todo preparado.  Quiera o no quiera.  ¿Qué importa? Hace dos horas que la observo, estoy a punto de explotar. No me ha mirado ni una sola vez. Soy invisible. ¡Qué ironía que a partir de hoy no podrá olvidarse de mi cara! Quedaré grabado para siempre en su memoria. Ya nadie podrá tocarla sin que ella me recuerde. ¡Soy tan feliz! Ya es hora. Camino lentamente hacia ella, saboreando el momento, le acerco gentilmente una botella  a la que previamente le agregué unas gotitas "especiales" y le sonrío con mi mejor sonrisa.
-Para vos preciosa, hace tanto calor que pensé que te vendría bien tomar un poco de agua, le digo empalagándome en mi propia dulzura.
Ella me mira, primero sorprendida, luego me sonríe a su vez, mientras el suelo se derrite a mis pies. Abre la botella sin dejar de sonreírme, mientras miro extasiado como va a beberla, sin previo aviso, me tira el líquido en la cara.  La miro con odio, y mientras me seco escucho las risas de sus amigas y  comienzo a correr, rápido, muy rápido, jurando que la próxima vez no se me va a escapar.

jueves, 25 de febrero de 2016

La llave

Caminaba distraída cuando la encontré. Tenía como un imán que me impulsó a tomarla. La guardé en el bolsillo y seguí caminado. Pensé en ella durante todo el trayecto, sentía su calor a traves de la tela del pantalón. Cuando llegué a casa la saqué e intenté abrir la puerta. Nada. Ni se movía. Lo seguí intentando con muchas otras puertas. En cada oportunidad que tenía sacaba la llave y probaba. Cerraduras grandes, pequeñas, antiguas, modernas, angostas, anchas, doradas, plateadas… Mi llave no conseguía abrir ninguna puerta. Estuve así días, semanas, meses… La frustración que sentía era inmensa. Sabía que esa llave tenía un significado, por algo la había encontrado, estaba segura. Hasta que un día finalmente lo comprendí. Mi llave no abria ninguna puerta, cerraba. Cerré la puerta. Ahora eres pasado. Ya no podrás volver ni lastimarme. Salí a la calle y tiré mi llave, estaba segura que alguién más la encontraría.

lunes, 1 de febrero de 2016

Dialogando...



-Es injusto-

-¿Me hablas a mi?-

-¡No, a la heladera!

-¿En serio? ¡Sos mi alma gemela! Nunca antes había conocido a alguien que hable con la heladera como yo.

-No hablaba en serio.

-No seas tonto, no tenés porque avergonzarte. Todos tenemos nuestras locuras, jajaja, si no no estaríamos acá.

-No estoy loco. Me internaron por otro motivo.

-Ah ¿sí? ¿Y por qué motivo si se puede saber?

-No lo entenderías

-Probáme

-Estoy estresado, vengo pasando una etapa difícil, un poco alterado y ya creen que estoy loco…

-¿Viste hela? Cree que no está loco… Sólo alterado

-¿Quién es hela? Acá estamos sólo vos y yo, y mi nombre es Horacio.

-Horacio, estamos charlando, no interrumpas.

-Conmigo estás charlando, ¡ya te dije que no hay nadie más acá!

-Alguien está celoso…

-¡Dios, solo a mí se me ocurre intentar razonar con un desquiciado!

-A desquiciado no lo conozco, ¿me lo podrías presentar?

-¡Vos sos un desquiciado y me vas a desquiciar a mi si sigo hablando con vos!

-Ah, ya entiendo, ¿preferís hablar con la heladera en vez de conmigo?

-¡Sí!

-¡Lo sabia! ¡Te dije que eras mi alma gemela!


martes, 26 de enero de 2016

Dolor







Tengo el alma en cenizas
que perdidas
se esparcen
en el aire.

Duele cada cuchillo
que se clava,
 sediento,
arrancando vida, 
destrozando sueños
aniquilando esperanzas…

Odio,
 que  respira y mata
dolor que no cede,
revive con cada gota
que cae inerte,
injusta, 
gritando 
sin que nadie la escuche:

¡BASTA, BASTA, BASTA!

domingo, 8 de febrero de 2015

Viaje en colectivo

Estaba cansado. Había sido un día agotador. Subí y me senté casi al fondo. Cerré los ojos. Empecé a relajarme imaginando lo que haría al llegar a casa. Pronto mis pensamientos se vieron invadidos por la voz de mi compañero de asiento que parecía no darse cuenta donde estaba y discutía a viva voz con alguién por celular. Inmediatamente desde atrás me llegó la voz de una mujer que también hablaba muy alto. Presté atención a mis circunstanciales colegas de viaje, salvo el conductor una viejita y yo, todos mantenían animadas conversaciones con interlocutores invisibles. Las voces , en el relativamente reducido espacio, chocaban en mis oídos como un borracho perdido.

- El contrato como mínimo a tres años y no creas que esa suma es satisfactoria...
- Eso no es lo que hablamos, me siento defraudada Enrique...
- ¿Vamos a bailar el sábado?..
- Tenés que terminar la tarea y después podes ir a jugar a la casa de...
- Encontré un vestido de oferta que no sabes lo que es... Te vas a morir...
Me sentía mareado, aturdido. Retazos de conversaciones me envolvían, jadeaban a mi alrededor, alterando mis sentidos.
Miré al conductor desconsolado. Me guiñó un ojo, mientras una sonrisa se dibujaba en su rostro. No entendí que lo divertía tanto hasta que de repente cada retazo de conversación se materializó, literalmente hablando, en letras que danzaban en todas direcciones. Un baile desenfrenado de palabras que subían, iban y venían saliendo y entrando por bocas que quedaron congeladas expresándose sin quererlo ya.
La mujer que le hablaba a su pareja le decía de pronto que el contrato lo rompería en mil pedazos y el hombre que hablaba con su socio le dijo que le mandaria la foto con el vestido nuevo apenas llegara a casa. La chica que arreglaba para ir a bailar dijo que los deberes eran la prioridad y después la diversión... Nadie entendía lo que estaba pasando, salvo el chofer y la viejita que parecían disfrutar como locos. Finalmente me relajé y empecé a reír con ellos...

lunes, 8 de diciembre de 2014

Las botas nuevas

Caminaba distraída. De pronto las vi. Pregunté el precio y me fui. Era mucho más de lo que podía permitirme. Seguí caminando sin que pudiera sacármelas de la cabeza. Era una lucha interna entre el querer y el deber. Arrastrando los pies volví. Evidentemente ganó el querer. Utilicé un argumento convincente. Realmente las necesitaba Y si bien no eran baratas, eran de calidad, y las cosas buenas salen caras decía mi abuela. La vendedora sonrió al verme. Disfrutaba por anticipado el llanto de mi billetera. Me trajo el par.
- Son australianas, valen cada centavo. No te vas a arrepentir.
Me descalcé e intenté ponermelas. No me entraban. Una mezcla de alegría y desilusión se apoderó de mi.
- Es sólo al principio. Luego se amoldan. Es tu número, empujá.
Las botas no tenían cierre ni broche. Un elástico a los costados hacía el trabajo.
Transpirando logré calzarme. Eran realmente cómodas. No me apretaban y mis cansados pies parecían agradecidos.
- Las llevo.
Después de tres cómodas cuotas sin interés y un gran remordimiento me fui.
A la mañana me levanté con el tiempo justo para llegar al trabajo. Por suerte me había preparado la ropa. Calzarme las nuevas botas me llevó más tiempo del calculado. Cuando estaba a punto de rendirme y devolverlas, lo conseguí. Estaba a mitad de camino. Por supuesto que llegué tarde, el disgusto se compensó con las miradas envidiosas y admiradas de mis compañeras.
Durante el día me olvidé de mis botas nuevas. Eran realmente cómodas.
El problema surgió cuando llegué a casa y traté de descalzarme. La bota no cedía. Intenté un pie, luego el otro. Y nada. Estuve así una hora. Me sentía estúpida. ¿ A quién podría pedirle ayuda? No había caso. Quería darme una ducha. Con no poca dificultad pude desvestirme. Revestí las botas con bolsas de nylon y me bañé. Logré relajarme bastante. Volví a intentarlo. Nada. Me pareció que las botas sonreían, estaban adheridas a mis pies. Me fui a dormir.
Al día siguiente llegué puntual al trabajo.

domingo, 9 de noviembre de 2014

Casi un tango

Nos enamoramos una tarde de verano. Eramos jóvenes, frescos y deshinibidos. La vi en la plaza del barrio, y al escucharla reír me sentí inmediatamente atraído. Estaba con su mejor amiga, eso por supuesto, lo supe después. Nunca quiso contarme que le causó tanta gracia. – Es un secreto dijo.
Quedó embarazada y como se estilaba en esa época nos tuvimos que casar. Yo era el hombre más feliz de la tierra. Creí que ella también lo era. Tuve que conseguir dos trabajos para mantener la familia, ella se ocupaba de la casa y los bebés. Tuvimos mellizos. Nos veíamos poco la verdad. Los fines de semana ella salía a refrescarse, como le gustaba decir, para recuperar fuerzas después de una semana encerrada en la casa con los chicos. Tuvimos dos críos más, que sumaron distancia a nuestro matrimonio. A mi manera yo seguía siendo feliz, tenía un trabajo que me permitía mantener dignamente a mi familia, una mujer que seguía viendóse hermosa y atractiva, y cuatro hijos maravillosos.
Una tarde, al regresar a casa me encontré con una sorpresa. Una vecina se ocupaba de darle de comer a los chicos.
-  ¿Dónde está María? le pregunté
Por toda respuesta bajó la mirada.
Perturbado, y con mil pensamientos uno más terrible que el otro la zamarreé para obtener una respuesta. Los chicos  asustados, se largaron a llorar, creando un escenario más drámatico aún.
La vecina temblando me entregó un sobre que  estaba abierto, asi que supuse que lo había leído. De ahí su cara de... No pude definirla en ese momento.
Querido Ernesto:
Sé que esta carta va a sorprenderte.Todos estos años creíste estar al lado de una mujer feliz, y yo me sentía profundamente desdichada a tu lado. Sos un buen hombre, no lo niego. Pero no sos lo que necesito a mi lado. La vecina hace años que se ocupa de los chicos, y hasta creo que te ama en secreto. Esto te lo digo porque nunca fuiste bueno para interpretar a la gente y tal vez te ayude. Perdón si te sueno cínica. Por una vez en la vida quiero hacer lo que realmente deseo, sin importarme el qué dirán. Por eso me voy, para empezar a vivir la vida que siempre soñé, lo que siempre quise vivir, con  ella.
Nunca te voy a olvidar.
María.