miércoles, 21 de mayo de 2014
Despedida
Llevo días enteros buscándolas. Me esquivan, se alejan, se escapan. No puedo atraparlas. Ellas saben de mi dolor. Quiero despedirte. Decirte cuánto te quise, cuánto te quiero. Cuánto te extraño. Las palabras no quieren venir a mi encuentro, sólo las lágrimas son fieles, caen de improviso, dejándome el sabor salado de tu ausencia. Muchos no lo entenderán y no me importa. Me alcanza con saberte única, tuve doce años de puro amor.
Fuiste mi compañera, mi refugio, mi alegría al llegar a casa.
Dejaste un inmenso vacío...
Quiero recordarte con una sonrisa, sabiendo que te rescaté de la calle, y vos a mi,
me rescataste a la vida. ¡Gracias Cherry por tanto amor !
Nunca te voy a olvidar...
miércoles, 7 de mayo de 2014
Soy yo
Soy invisible. Ya sé lo que van a decirme. Las personas invisibles no existen más que en la imaginación de escritores, cineastas, y hasta algún ser humano común que más de una vez desea desaparecer de la faz de la tierra. Sin embargo existo. Nunca deseé serlo. Al contrario, cuando me di cuenta de mi invisibilidad me odié. Es muy difícil aceptar que la gente pase al lado tuyo y no te registre, te ignore, te lleve por delante, te atropelle o simplemente no te dirija la palabra. Ya me acostumbré, y no sólo eso, ahora lo disfruto. Me llevó mucho tiempo, lo admito. Hoy por hoy me siento feliz de ser una mujer invisible. Tiene ventajas inimaginables. No necesito dar explicaciones a nadie de lo que hago con mi vida, a que hora salgo o regreso, adónde voy o con quién. Nunca debo tomarme tiempo para mi misma, ni hacer altos para conectarme con mi esencia, relajarme, alejarme, no me canso dando explicaciones de ningún tipo. Soy libre. Independiente. Manejo mis tiempos, necesidades, placeres y gustos a mi total antojo. No debo preocuparme por mi aspecto, si estoy peinada, depilada, gorda, con granos, maquillada. Me arreglo solo por mí, y por nadie más, me gusta verme bien.
Cuando voy a hacer las compras, pongo todas las cosas en el carrito del supermercado, la gente a lo sumo se sonríe viendo pasar un carrito repleto sin que nadie lo lleve. En la caja, pongo los productos y la cajera sólo se preocupa de recibir el pago, ¡Qué le importa que no vea a nadie! Ella automáticamente pasa los productos y luego dice el monto en voz alta, y yo le pago. Ropa no necesito comprar, voy desnuda y nadie dice nada ¡Si no me ven!
Cuando me gusta un hombre, me acerco y lo encaro. No puedo negar que se sorprenden, pero les fascina escuchar una voz que les susurra propuestas y les enciende todos los sentidos. Es fácil llevarlos a la cama, a lo sumo debo guiarlos un poco al principio y después se relajan. Es una experiencia única, se las recomiendo.
Paso mis días escribiendo, leyendo, paseando y disfrutando de la vida. Así que si alguna vez se cruzan con una cartera sin dueña, un auto sin chofer, una voz que les susurra al oído, no se asusten. Ahora ya saben que soy yo.
Cuando voy a hacer las compras, pongo todas las cosas en el carrito del supermercado, la gente a lo sumo se sonríe viendo pasar un carrito repleto sin que nadie lo lleve. En la caja, pongo los productos y la cajera sólo se preocupa de recibir el pago, ¡Qué le importa que no vea a nadie! Ella automáticamente pasa los productos y luego dice el monto en voz alta, y yo le pago. Ropa no necesito comprar, voy desnuda y nadie dice nada ¡Si no me ven!
Cuando me gusta un hombre, me acerco y lo encaro. No puedo negar que se sorprenden, pero les fascina escuchar una voz que les susurra propuestas y les enciende todos los sentidos. Es fácil llevarlos a la cama, a lo sumo debo guiarlos un poco al principio y después se relajan. Es una experiencia única, se las recomiendo.
Paso mis días escribiendo, leyendo, paseando y disfrutando de la vida. Así que si alguna vez se cruzan con una cartera sin dueña, un auto sin chofer, una voz que les susurra al oído, no se asusten. Ahora ya saben que soy yo.
lunes, 28 de abril de 2014
Encuentro frustrado
Sentada en la barra, pensaba en mi vida, mi mente vagaba, comenzaba a aturdirme de alcohol. Varias veces a lo largo de mis relaciones me pregunté lo mismo, ¿hasta qué punto el nombre de una persona puede influir en su vida? Se sentó a mi lado y me invitó un trago. A pesar de mi estado con sólo mirarlo me di cuenta que no era un tipo de muchas luces. No sé, algo en su rostro, o su sonrisa torcida me dio el indicio que a lo largo de la noche comprobé. El sólo quería llevarme a la cama, era patético su esfuerzo por conseguirlo.
- Te propongo un juego le dije. La palabra “juego” despertó su interés. En su primitiva imaginación un juego entre un hombre y una mujer sólo podía ser sexual. Su sonrisa torcida iluminó todo su rostro, haciéndolo parecer un niño.
- Voy a contarte parte de mi vida y con esos datos tenés que adivinar mi nombre. A esta altura debí comprender que mi interlocutor no sería capaz de lograrlo, evidentemente el tequila doble y la cerveza lograron enturbiar mi razón.
Su cara, al contarle mi propuesta, fue digna de un retrato. Su decepción fue evidente, el había pensado en un juego totalmente diferente.
- Es eso o me voy a mi casa ahora y sola - dije terminante. Esa afirmación le dio esperanzas que si accedía a jugar me iría con él, supuse porque se apresuró a cambiar de opinión.
- Así como me ves tuve tres novios. Y en las tres ocasiones se repitió la historia, con mínimas variantes. Carlos se fue de viaje pidiéndome que lo esperara, que a su regreso nos casaríamos. Lo esperé ilusionada. Después de tres largos años sin tener noticias suyas, apareció Rodolfo, quien me convenció después de mucho insistir, que dejara de serle fiel a un fantasma. Cansada de esperar accedí. Al año y tres meses le salió una beca para estudiar en Japón y me aseguró que una vez instalado me enviaría el pasaje para irme con él. Le creí. Estaba muy enamorada, había logrado olvidarme de Carlos, y lo esperé. Dos años y siete meses lo esperé. No me mandó ni una postal. En ese momento conocí a Pedro, le llevó por lo menos seis meses convencerme. Me enamoré como una adolescente, estábamos todo el día juntos, felices. Al año, cuatro meses y cinco días le llegó una carta. Era de su tío que vivía en Alemania, estaba muy enfermo, y pedía verlo antes de morir. De esto ya pasaron once meses. Y aún lo espero. ¿Ya adivinaste como me llamo? Era evidente que no tenía ni idea. Estaba entretenido mirando mi escote, ni siquiera se molestaba en mirarme a los ojos.
Yo no me doy por vencida tan fácilmente, así que le dije: - te doy una pista: ¡Aprendí a tejer!…
Seguía mirando mi escote, nada de lo que dijera lo distraía….
- La última oportunidad afirmé, eso despertó su interés ya que levantó la vista y me miró directamente a los ojos.
- Mi nombre empieza con Pene… Su cara se transformó en una mueca, el muy tonto salió corriendo, convencido que estaba sentado frente a un travesti.
miércoles, 16 de abril de 2014
El paseo
Me entregó la foto. No quise mirarla. Insistió poniéndola frente a mis ojos. Rápidamente di vuelta la cara. Demasiado tarde. Mis pupilas retuvieron la imagen en mi mente, sin que pudiera ignorarla.
La foto la tomó ella, sin que nos diéramos cuenta. Allí estamos caminando hacia casa, antes de...
- Señora, necesito que me cuente lo que pasó.
Me quedé callada. A los ochenta y tres años gozaba de ciertos privilegios. Y pensaba usarlos. Siempre fui muy astuta. "Zorra vieja" me llamaba ella. Pensaba que yo no lo sabía. ¡Qué básicas son algunas personas! Mi nuera entra en esa categoría. Sonreí. El oficial entendió mi gesto con ilusión. Pensó que había recordado y comenzaría a hablar. No tenía la más miníma intención de contarle lo sucedido.
No se cuánto tiempo me queda, ella se cansó de esperar y lo convenció para hacer un viaje. Creo que la foto es justo en ese momento que mi pobre hijo me lo contaba. Se irían dos meses a recorrer Europa. ¡Dos meses! ¡Nada menos! Sin ver a mi hijo, ¡que egoísta es esa mujer por Dios! No podía permitir que ella gozara, disfrutara, paseara mientras yo me quedaba sola, por eso hice lo que hice. ¡Claro que siento pena por mi hijo! No soy tampoco una desalmada e insensible como suele decir mi nuera, ella no entiende las razones de una madre, nunca pudo quedar embarazada, asi que no tiene derecho a juzgarme. Intentaron convencerme que mi hijo era impotente, cuando se muy bien que es ella la culpable, la infértil, la inútil...
Cuando llegamos a la casa serví el té. Puse las tres tacitas de porcelana, y me aseguré de darle a mi adorada nuera la que estaba un poquito cachada. Después de quince minutos comenzaron los síntomas, ese tiempo lo aproveché para mandar a mi hijo a comprar medialunas. El no quería ir pero lo convencí diciendole que era lo menos que podía hacer si no lo vería dos meses. Se muy bien como manejar la culpa. Ví como se retorcía, en sus ojos reconocí el terror de comprender lo que había hecho. Después de largar espuma por la boca y quedar inconsciente en el sillón, llegó mi hijo con las medialunas. Me encontró llorando desconsoladamente. Antes me había desecho de la taza cachada y del veneno. No lo encontrarían jamás. Cuando me vaya a casa voy a hablar con mi hijo para que cambie el pasaje a mi nombre. ¡Me va a encantar Europa!
La foto la tomó ella, sin que nos diéramos cuenta. Allí estamos caminando hacia casa, antes de...
- Señora, necesito que me cuente lo que pasó.
Me quedé callada. A los ochenta y tres años gozaba de ciertos privilegios. Y pensaba usarlos. Siempre fui muy astuta. "Zorra vieja" me llamaba ella. Pensaba que yo no lo sabía. ¡Qué básicas son algunas personas! Mi nuera entra en esa categoría. Sonreí. El oficial entendió mi gesto con ilusión. Pensó que había recordado y comenzaría a hablar. No tenía la más miníma intención de contarle lo sucedido.
No se cuánto tiempo me queda, ella se cansó de esperar y lo convenció para hacer un viaje. Creo que la foto es justo en ese momento que mi pobre hijo me lo contaba. Se irían dos meses a recorrer Europa. ¡Dos meses! ¡Nada menos! Sin ver a mi hijo, ¡que egoísta es esa mujer por Dios! No podía permitir que ella gozara, disfrutara, paseara mientras yo me quedaba sola, por eso hice lo que hice. ¡Claro que siento pena por mi hijo! No soy tampoco una desalmada e insensible como suele decir mi nuera, ella no entiende las razones de una madre, nunca pudo quedar embarazada, asi que no tiene derecho a juzgarme. Intentaron convencerme que mi hijo era impotente, cuando se muy bien que es ella la culpable, la infértil, la inútil...
Cuando llegamos a la casa serví el té. Puse las tres tacitas de porcelana, y me aseguré de darle a mi adorada nuera la que estaba un poquito cachada. Después de quince minutos comenzaron los síntomas, ese tiempo lo aproveché para mandar a mi hijo a comprar medialunas. El no quería ir pero lo convencí diciendole que era lo menos que podía hacer si no lo vería dos meses. Se muy bien como manejar la culpa. Ví como se retorcía, en sus ojos reconocí el terror de comprender lo que había hecho. Después de largar espuma por la boca y quedar inconsciente en el sillón, llegó mi hijo con las medialunas. Me encontró llorando desconsoladamente. Antes me había desecho de la taza cachada y del veneno. No lo encontrarían jamás. Cuando me vaya a casa voy a hablar con mi hijo para que cambie el pasaje a mi nombre. ¡Me va a encantar Europa!
lunes, 7 de abril de 2014
Fiesta de disfraces
Hace mucho tiempo que la amo. Nunca me animé a decirle nada. El miedo al rechazo, a la decepción, a perder su amistad fueron siempre barreras que detuvieron mis pocos y mínimos avances.
La conozco desde la escuela secundaria a la que concurrimos, y desde entonces siempre nos mantuvimos en contacto. Supe de sus amores, de sus desencantos... Estuve ahí para secar sus lágrimas, consolarla, conteniéndome para no estrecharla entre mis brazos y besarla.
Mi amor va más alla de lo que pueda expresar con palabras, es respirar a través suyo, es reír en su sonrisa, es comer en su boca, deleitarme con el perfume de su piel que me eriza sin tocarme.
La amo. Lisa y llanamente.
Cuando me llamó para avisarme que Julio organizaba un baile de disfraces de algún modo sentí que ese sería el día indicado para declarle mi amor. No sé por que. No me lo explico. Fue como una revelación que ése era el día señalado. Procuré no decirle a nadie mi disfraz para mantener el suspenso y poder sorprenderlos, en especial a ella.
Me mantuve un poco aparte, viendo a todos bailar y reír. El alcohol aflojaba corbatas que nadie llevaba ese día, invitaba a desinhibirse y disfrutar. Eso era justo lo que yo necesitaba.
La ubiqué con la mirada, disfrazada de hada madrina o algo así. Tan hermosa como siempre. Estaba en el medio de la pista bailando con un ratón. No me importó. Fui caminado lentamente, acercándome sensual y seductoramente. Me tropecé con la capa y me caí generando un gran alboroto. Todos me señalaban y se reían, sin que nadie se acercara a ayudarme. ¡Qué humillación, la puta madre! La máscara disimulaba perfectamente el rubor de mis mejillas. Carla exultante pidió a todos que se callaran, que tenia que decir algo importante. Yo seguía en el piso imaginando que mis sueño estaba a punto de concretarse, solo que al revés, ¡seria ella quien les anunciaría a todos su amor por mi!
- Amigos, esta fiesta tiene un objetivo. No quise adelantar nada hasta tenerlos a todos juntos, festejando con nosotros un amor que ya no puede permanecer en secreto. Quiero decirles a todos que he decidido unir mi vida con el ser más maravilloso que existe en la tierra.
No quise levantarme sabiendo que mis piernas no me responderían. Me pondría de pie en cuanto lo dijera. Ese sería mi momento...
- Acércate amor...
Mientras me ponía de pie para ir a su lado, el ratón la tomó por la cintura, me quedé mirándolos sin poder creerlo. El ratón que no era otro menos que Julio, se sacó la capucha y le dio un beso apasionado.
No pude seguir ahí mirándolos. Comencé a ir hacia el jardín, primero caminando, luego corriendo, hasta que con el impulso mis pies se elevaron del suelo, mi capa de Mujer maravilla se extendió y me alejé volando...
domingo, 30 de marzo de 2014
Una confesión y una mosca
- Vengo a hacer una denuncia. El oficial siguió mirando la pantalla, sin inmutarse.
- Maté a mi marido- dije en un tono más fuerte. El oficial clavó sus profundos ojos en mi. La mosca que volaba distraída cerca de la ventana se acercó a escuchar mi confesión. El silencio se hizo espeso y amenazante.
- No sé por dónde empezar- dije
- Por el principio sería lo conveniente, dijo el policía. Su voz era grave e intimidante. Imaginé que así debía ser. En ese momento no estaba segura de estar haciendo lo correcto, mi mente me decía que saliera corriendo, aunque rápidamente comprendí que no tendría chance alguna de escapar. Demasiado tarde, pensé, todo llega a mi vida a destiempo, hasta la lucidez.
- Hace tres años me casé. Al principio éramos muy felices. Después... Me distraje con la mosca que en verdad parecía estar interesada en mi historia, ya que se acercaba lentamente por el escritorio , por más que el agente la espantaba.
- Siga por favor...
- Comenzamos a discutir por cualquier cosa, Augusto se quedó sin trabajo, comenzó a beber, peleábamos por todo y comencé a odiarlo con todas mis fuerzas. Una noche que estaba completamente borracho me pegó y ahi lo decidí... Volví a quedarme callada siguiendo el vuelo de la mosca que se posó en mi cabeza, bajó por mi oreja y se quedó en mi labio. Automáticamente cerré la boca.
- ¿Decidió que? preguntó el oficial impaciente.
- Mudarme-dije casi sin separar los labios.
- ¿ Mudarse?
Asentí. En el momento que le dijera adónde entendería todo.
- Aproveché una tarde que Augusto dormía profundamente y les pedí a dos vecinos que lo subieran a la camioneta. Había alquilado una casita, puse todas las cosas que tenía preparadas y me fui.
No sé cómo, todo empezó a mejorar; Augusto consiguió trabajos temporarios que lo mantenían ocupado y de buen humor, y volvimos a ser la pareja feliz que éramos al principio.
- Creo que me perdí algo, ¿por qué lo mató entonces?
- Me di cuenta tarde.
- ¿ De qué señora?
- Cuando me contaron que en el barrio San José las mujeres quedaban viudas misteriosamente pensé que esa era la solución. ¿ Me comprende?
El policía parecía perforarme con la mirada.
- ¿ Usted llevó a vivir a su marido al barrio San José?
- Cuando volvimos a estar bien me olvidé del asunto, estaba tan feliz que no pensé en nada más y cuando me acordé ya fue demasiado tarde. Augusto comenzó a sentirse mal y ya nada pudieron hacer los médicos para salvarlo.
- Técnicamente usted no lo mató. Si bien tuvo intención y premeditación no hay arma homicida. me temo que su caso no encaja en ninguna figura legal.
Por el otro lado no puede quedar impune. Espéreme acá.
El oficial se levantó dejándome sola... con la mosca. Me levanté con el insecto en mi hombro. Comencé a caminar despacio, para que nadie se fijara en mi. De algún modo llegué a la salida y salí de la comisaría seguida de cerca por la mosca que no me dejaba tranquila.
jueves, 20 de marzo de 2014
Remedio contra la rutina y el aburrimiento
Desde que la conocí mi vida cambió. La amo profundamente. La diferencia de edad nunca me importó y a ella tampoco. El problema es otro. Sus constantes cambios de humor. Al principio lo atribuí justamente a su juventud. Luego comprendí que nada tiene que ver. Un día es una mujer sexy y provocativa y al siguiente puede resultar una adolescente desequilibrada. A veces parece mayor que yo con actitudes que me desconciertan. Es atolondrada y tranquila; despistada y concentrada; exquisita y vulgar con diferencia de días y hasta de horas. Si bien en el comienzo de la relación fue motivador y vivificante, con el tiempo se convirtió en algo difícil de manejar y entender.
Decidí hablarlo con ella y para mi sorpresa me dió la razón.
- Yo también lo he notado amor, y te juro que no sé que hacer. Ni yo misma sé con que humor empezaré el día. Estoy desconcertada.
Fuimos juntos a ver a su médico que tras hacerle exámenes rutinarios nos citó para informarnos que clínicamente estaba todo bien y nos sugirió una consulta psicológica.
Estuvimos de acuerdo y Carla comenzó un tratamiento. Meses más tarde nada había cambiado. Frustrados decidimos dejar el análisis ya que el costo nos era difícil de afrontar, además que no había dado ningún resultado.
Una tarde Carla llegó hecha una furia, me insultó, tiró adornos, cuadros y muebles. Luego lloró inconsolablemente. la situación era desesperante. No sabíamos que hacer, a quien recurrrir. La gente nos tomaría por locos.
Cuando mi hermana llamó para avisar que venía unos días de visita temblé. Si a Carla le daban algunos de sus ataques no sabría donde meterme. Rogaba en silencio cada día que nada delatara el infierno que estabámos viviendo. No tuve suerte. O si. Depende del punto de vista que se mire. Inmediatamente Inés notó los bruscos cambios de humor de mi amada. Sin embargo no dijo nada.
Terminada su visita, mi hermana Inés me abrazó y me dijo algo que me dejó sin habla:
- Carla asume las personalidades de la ropa que usa. Como asidua compradora de prendas de segunda mano tu mujer absorbe la energía de su antigua propietaria. Eso explica sus cambios de humor tan extremos y variados.
Inés cerró la puerta y yo me quedé asimilando lo que me había dicho. Me senté en el sillón y me quedé ahí inmóvil. Cuando Carla llegó me encontró allí sentado. No se cuántas horas pasaron. Por suerte llegó de buen humor y aproveché para contarle mi decisión, que la dejó boquiabierta.
- Mañana voy con vos a la feria americana, decidí renovar mi guardarropas.
Imagen Ma. Angeles Rodriguez Diaz- Artelista
Decidí hablarlo con ella y para mi sorpresa me dió la razón.
- Yo también lo he notado amor, y te juro que no sé que hacer. Ni yo misma sé con que humor empezaré el día. Estoy desconcertada.
Fuimos juntos a ver a su médico que tras hacerle exámenes rutinarios nos citó para informarnos que clínicamente estaba todo bien y nos sugirió una consulta psicológica.
Estuvimos de acuerdo y Carla comenzó un tratamiento. Meses más tarde nada había cambiado. Frustrados decidimos dejar el análisis ya que el costo nos era difícil de afrontar, además que no había dado ningún resultado.
Una tarde Carla llegó hecha una furia, me insultó, tiró adornos, cuadros y muebles. Luego lloró inconsolablemente. la situación era desesperante. No sabíamos que hacer, a quien recurrrir. La gente nos tomaría por locos.
Cuando mi hermana llamó para avisar que venía unos días de visita temblé. Si a Carla le daban algunos de sus ataques no sabría donde meterme. Rogaba en silencio cada día que nada delatara el infierno que estabámos viviendo. No tuve suerte. O si. Depende del punto de vista que se mire. Inmediatamente Inés notó los bruscos cambios de humor de mi amada. Sin embargo no dijo nada.
Terminada su visita, mi hermana Inés me abrazó y me dijo algo que me dejó sin habla:
- Carla asume las personalidades de la ropa que usa. Como asidua compradora de prendas de segunda mano tu mujer absorbe la energía de su antigua propietaria. Eso explica sus cambios de humor tan extremos y variados.
Inés cerró la puerta y yo me quedé asimilando lo que me había dicho. Me senté en el sillón y me quedé ahí inmóvil. Cuando Carla llegó me encontró allí sentado. No se cuántas horas pasaron. Por suerte llegó de buen humor y aproveché para contarle mi decisión, que la dejó boquiabierta.
- Mañana voy con vos a la feria americana, decidí renovar mi guardarropas.
miércoles, 12 de marzo de 2014
El oficio de Iván
Iván se despertó a las 6 de la mañana. Estaba muy cansado. Este trabajo terminará conmigo – dijo para si mismo, ya que a esa hora nadie había llegado aún. Encendió la cafetera, y se dirigió al vestuario. Ducha, cepillado de dientes, con su frugal desayuno listo se dispuso a leer el periodico. Un ritual que repetía a diario, inclusive fines de semana. Se sentía bastante abatido, una sensación extraña en él, tenía un mal presentimiento.
El señor Dominguez llegó puntual a las nueve, justo cuando el se disponía a continuar con su labor.
- Iván lo espero en mi oficina ¡YA!
Iván se sacudió el piyama como si en ese gesto estuviera descargando su bronca.
El señor Dominguez le entregó un papel. No lo invitó a sentarse ni anduvo con rodeos. Tan sólo un papel que adivinó su contenido antes de ni siquiera mirarlo.
Apoyó sus manos en el escritorio , no estaba seguro que sus piernas pudieran sostenerlo por mucho tiempo más. En su mente se vió durmiendo bajo algún puente , tiritando de bronca.
- Por qué? preguntó a un Dominguez que lo miraba despectivo.
-No tengo porque contestarle aunque lo voy a hacer para que vea que soy un hombre accesible. Lo que usted hace no es un trabajo, es una broma y no puedo seguir pagando un sueldo por semejante "oficio" dijo con sorna.
En ese momento Iván recordó a Eduardo, que apareció como un relámpago por su mente riendo a carcajadas. Entendía todo, Eduardo convenció al señor Dominguez de despedirlo, seguramente gran parte de su sueldo iría ahora a parar a sus bolsillos.
- Ser catador de camas no es ninguna broma señor Domínguez. Sin esperar respuesta se dio media vuelta, debía irse de la fábrica que había sido su hogar los últimos quince años de la manera más digna de la que fuera capaz.
Desde que Eduardo llegó a la fábrica hacía exactamente ocho meses, había escalado posiciones, derribando a varios fieles empleados. No podía ser tan ingenuo de pensar que él sería la excepción. Se había burlado de él, diciendo que lo que hacía no era un trabajo, sino más bien una "broma".
Salió arrastrando los pies, varios de sus compañeros lo palmearon a su paso, deseándole suerte, compadeciendose del pobre Ivan, y temblando a su vez, que ellos podrían ser los próximos.
No tenía idea de adonde ir, ni qué hacer. Deambuló por las calles sin rumbo fijo. Comenzaba a sentir hambre por lo que entró a un bar. Un pebete de jamón y queso con un café con leche levantaron bastante su alicaído humor. Miraba por la ventana del local, sin ver nada . Su mente deambulaba. Intentaba pensar con claridad, mas su futuro era una nebulosa sin forma que paseaba por su cabeza abrumándolo con la incertidumbre y un sinsabor que no lograba deshacer de su estómago.
- Soy catador de camas, como lo fue mi padre , mi abuelo y mi bisabuelo. Es un oficio digno, que se transmite de generación en generación. Son unos incultos por no saber apreciar mi talento. Dijo en voz alta sin darse cuenta. Estaba acostumbrado a hablar solo.
Se percató de pronto que una mujer estaba sentada frente a él.No era joven, ni vieja. Ni linda ni fea. Ni flaca ni gorda.
Disculpe- dijo, no pude evitar escucharlo. Es en verdad usted catador de camas? Pensé que tan sólo se trataba de una leyenda. Mi nombre es Elizabeth Tompson y...
Iván la interrumpió levantándose de un salto para tomarle la mano y besársela con una reverencia. Sé perfectamente quien es usted. No puedo creer que nuestros destinos
se hayan cruzado.
Elizabeth sonrió dándole a su rostro una belleza que antes le había pasado totalmente despercibida, como si en ese gesto se iluminara por dentro.
Se volvió a sentar, percibiendo que aún tenía la mano de la mujer entre las suyas, sabía que debía soltarla mas la retuvo lo más que pudo.
Elizabeth era una conocida escritora y periodista, colaboradora del diario local, sus notas eran de temas variados, unos más interesantes que otros, y tenía miles de fieles seguidores. Había investigado sobre los catadores de camas, más no había logrado avanzar ya que los datos existentes eran escasos.
- Realmente es un juego del destino que nos hayamos encontrado, si en verdad es usted catador de camas.
- Por supuesto que lo soy dijo Iván un tanto ofuscado.
- No se ofenda, como sabe no abundan.
Iván sonrió, claro que no abundan, - es una profesión para elegidos. Antiguamente había otras familias, actualmente quedan dos. Smirnoff en Europa y yo aquí.
Acaban de despedirme, y como podrá imaginarse un catador de camas sin trabajo es ¡frustrante!
Elizabeth necesitaba mucha información para su nota, asi que debía encontrar el modo de permanecer en contacto con él.Invitarlo a catar su cama no sonaba precisamente adecuado y no se le ocurría ninguna idea. Debía impedir a toda costa perderlo de vista.
-Ha sido un placer conocerla señorita, ahora debo irme, no se donde dormiré esta noche.
Por eso no se preocupe. Puede venir a mi casa.-
Iván la miró asombrado, no estaba acostumbrado a tratar con mujeres, mucho menos con una tan deshinibida.
Viendo su cara mezcla de rechazo y asombro se apuró a aclarar: No me malinterprete, lo que intento decir es que le ofrezco albergue hasta que consiga trabajo, de esa manera podré entrevistarlo para mi nota. No quería admitir que se sentía bastante abatida con su reacción.
Llegaron al departamento, era pequeño, cocina, dormitorio, baño, estudio con una importante biblioteca y el salón.
- Usted puede dormir en el estudio, el sillón es bastante cómodo...
Iván la miró como si acabara de insultarlo.
Disculpe señorita pero será mejor que me vaya.
- ¿Pero por qué? ¿En qué lo ofendí?
_ Yo no puedo dormir en un sillón, no va con mi ...
- Es que hay una sola cama, ¿ no pretenderá que duerma con usted o peor aún que se la ceda?
_ Yo no pretendo nada, usted me invitó ...
- Tiene razón, no pensé que sería un incoveniente para usted dormir en el sillón. Viendo su cara de disgusto agregó- no se ofenda por favor. Dejeme pensar...
Elizabeth venía anhelando una nota como esta, un verdadero desafío, meses intentó averiguar datos sobre los catadores de camas sin grandes resultados. Era la oportunidad que estaba buscando, no podía dejarla ir tranquilamente por la puerta.
- Le cedo mi cama.
Iván dudó. El era un caballero, hacerla dormir en el sillón no le parecía justo, le estaba dando una gran ayuda, evitando que durmiera en la calle. A la vez invitarla a dormir con ella, era demasiado arriesgado... Podría descubrir...
Estaba en un dilema, el clima se sentía tenso, ambos se debatían entre lo correcto y lo conveniente.
¿ No podemos dormir juntos? preguntaron casi al unísono. Y ambos se largaron a reír.
Elizabeth preparó la cena mientras Iván tocaba, y miraba la cama por todos lados. Le gustaba. Era un mueble antiguo, de madera maciza, bien construído.
A las diez de la noche ambos estaban acostados. Cada uno se ubicó en el lado más alejado posible del medio. La situación le resultaba rara ya que no solía compartir el lecho con nadie. Ademas de peligrosa. A las doce de la noche cuando ambos habían caído en un profundo sueño, la cama reconociendo a Iván se plegó justo por el medio atrapando a ambos. En ese momento Elizabeth se despertó siendo
testigo de uno de los momentos más increíbles de su vida. Estaban en un sitio iluminado tenuemente, cálido y acogedor, bebiendo vino y riendo, música suave de fondo... Se sentía relajada, feliz, como hacía mucho tiempo no estaba.
A las siete en punto sonó el despertador, Elizabeth se despertó con una sonrisa en los labios, había dormido plácidamente, se sentía relajada, contenta. Sensaciones casi olvidadas. Miró a Iván que la miraba a su vez. El brillo de su mirada la intrigó, como si supiera algo...
Iván se levantó y dijo: muy bueno el vino, la música y en especial la compañía...
Elizabeth lo siguió intrigada y un poco enojada
- ¿Acaso podés entrar en mi sueño?
- No, claro que no, fuiste vos quien entraste al mio.
El señor Dominguez llegó puntual a las nueve, justo cuando el se disponía a continuar con su labor.
- Iván lo espero en mi oficina ¡YA!
Iván se sacudió el piyama como si en ese gesto estuviera descargando su bronca.
El señor Dominguez le entregó un papel. No lo invitó a sentarse ni anduvo con rodeos. Tan sólo un papel que adivinó su contenido antes de ni siquiera mirarlo.
Apoyó sus manos en el escritorio , no estaba seguro que sus piernas pudieran sostenerlo por mucho tiempo más. En su mente se vió durmiendo bajo algún puente , tiritando de bronca.
- Por qué? preguntó a un Dominguez que lo miraba despectivo.
-No tengo porque contestarle aunque lo voy a hacer para que vea que soy un hombre accesible. Lo que usted hace no es un trabajo, es una broma y no puedo seguir pagando un sueldo por semejante "oficio" dijo con sorna.
En ese momento Iván recordó a Eduardo, que apareció como un relámpago por su mente riendo a carcajadas. Entendía todo, Eduardo convenció al señor Dominguez de despedirlo, seguramente gran parte de su sueldo iría ahora a parar a sus bolsillos.
- Ser catador de camas no es ninguna broma señor Domínguez. Sin esperar respuesta se dio media vuelta, debía irse de la fábrica que había sido su hogar los últimos quince años de la manera más digna de la que fuera capaz.
Desde que Eduardo llegó a la fábrica hacía exactamente ocho meses, había escalado posiciones, derribando a varios fieles empleados. No podía ser tan ingenuo de pensar que él sería la excepción. Se había burlado de él, diciendo que lo que hacía no era un trabajo, sino más bien una "broma".
Salió arrastrando los pies, varios de sus compañeros lo palmearon a su paso, deseándole suerte, compadeciendose del pobre Ivan, y temblando a su vez, que ellos podrían ser los próximos.
No tenía idea de adonde ir, ni qué hacer. Deambuló por las calles sin rumbo fijo. Comenzaba a sentir hambre por lo que entró a un bar. Un pebete de jamón y queso con un café con leche levantaron bastante su alicaído humor. Miraba por la ventana del local, sin ver nada . Su mente deambulaba. Intentaba pensar con claridad, mas su futuro era una nebulosa sin forma que paseaba por su cabeza abrumándolo con la incertidumbre y un sinsabor que no lograba deshacer de su estómago.
- Soy catador de camas, como lo fue mi padre , mi abuelo y mi bisabuelo. Es un oficio digno, que se transmite de generación en generación. Son unos incultos por no saber apreciar mi talento. Dijo en voz alta sin darse cuenta. Estaba acostumbrado a hablar solo.
Se percató de pronto que una mujer estaba sentada frente a él.No era joven, ni vieja. Ni linda ni fea. Ni flaca ni gorda.
Disculpe- dijo, no pude evitar escucharlo. Es en verdad usted catador de camas? Pensé que tan sólo se trataba de una leyenda. Mi nombre es Elizabeth Tompson y...
Iván la interrumpió levantándose de un salto para tomarle la mano y besársela con una reverencia. Sé perfectamente quien es usted. No puedo creer que nuestros destinos
se hayan cruzado.
Elizabeth sonrió dándole a su rostro una belleza que antes le había pasado totalmente despercibida, como si en ese gesto se iluminara por dentro.
Se volvió a sentar, percibiendo que aún tenía la mano de la mujer entre las suyas, sabía que debía soltarla mas la retuvo lo más que pudo.
Elizabeth era una conocida escritora y periodista, colaboradora del diario local, sus notas eran de temas variados, unos más interesantes que otros, y tenía miles de fieles seguidores. Había investigado sobre los catadores de camas, más no había logrado avanzar ya que los datos existentes eran escasos.
- Realmente es un juego del destino que nos hayamos encontrado, si en verdad es usted catador de camas.
- Por supuesto que lo soy dijo Iván un tanto ofuscado.
- No se ofenda, como sabe no abundan.
Iván sonrió, claro que no abundan, - es una profesión para elegidos. Antiguamente había otras familias, actualmente quedan dos. Smirnoff en Europa y yo aquí.
Acaban de despedirme, y como podrá imaginarse un catador de camas sin trabajo es ¡frustrante!
Elizabeth necesitaba mucha información para su nota, asi que debía encontrar el modo de permanecer en contacto con él.Invitarlo a catar su cama no sonaba precisamente adecuado y no se le ocurría ninguna idea. Debía impedir a toda costa perderlo de vista.
-Ha sido un placer conocerla señorita, ahora debo irme, no se donde dormiré esta noche.
Por eso no se preocupe. Puede venir a mi casa.-
Iván la miró asombrado, no estaba acostumbrado a tratar con mujeres, mucho menos con una tan deshinibida.
Viendo su cara mezcla de rechazo y asombro se apuró a aclarar: No me malinterprete, lo que intento decir es que le ofrezco albergue hasta que consiga trabajo, de esa manera podré entrevistarlo para mi nota. No quería admitir que se sentía bastante abatida con su reacción.
Llegaron al departamento, era pequeño, cocina, dormitorio, baño, estudio con una importante biblioteca y el salón.
- Usted puede dormir en el estudio, el sillón es bastante cómodo...
Iván la miró como si acabara de insultarlo.
Disculpe señorita pero será mejor que me vaya.
- ¿Pero por qué? ¿En qué lo ofendí?
_ Yo no puedo dormir en un sillón, no va con mi ...
- Es que hay una sola cama, ¿ no pretenderá que duerma con usted o peor aún que se la ceda?
_ Yo no pretendo nada, usted me invitó ...
- Tiene razón, no pensé que sería un incoveniente para usted dormir en el sillón. Viendo su cara de disgusto agregó- no se ofenda por favor. Dejeme pensar...
Elizabeth venía anhelando una nota como esta, un verdadero desafío, meses intentó averiguar datos sobre los catadores de camas sin grandes resultados. Era la oportunidad que estaba buscando, no podía dejarla ir tranquilamente por la puerta.
- Le cedo mi cama.
Iván dudó. El era un caballero, hacerla dormir en el sillón no le parecía justo, le estaba dando una gran ayuda, evitando que durmiera en la calle. A la vez invitarla a dormir con ella, era demasiado arriesgado... Podría descubrir...
Estaba en un dilema, el clima se sentía tenso, ambos se debatían entre lo correcto y lo conveniente.
¿ No podemos dormir juntos? preguntaron casi al unísono. Y ambos se largaron a reír.
Elizabeth preparó la cena mientras Iván tocaba, y miraba la cama por todos lados. Le gustaba. Era un mueble antiguo, de madera maciza, bien construído.
A las diez de la noche ambos estaban acostados. Cada uno se ubicó en el lado más alejado posible del medio. La situación le resultaba rara ya que no solía compartir el lecho con nadie. Ademas de peligrosa. A las doce de la noche cuando ambos habían caído en un profundo sueño, la cama reconociendo a Iván se plegó justo por el medio atrapando a ambos. En ese momento Elizabeth se despertó siendo
testigo de uno de los momentos más increíbles de su vida. Estaban en un sitio iluminado tenuemente, cálido y acogedor, bebiendo vino y riendo, música suave de fondo... Se sentía relajada, feliz, como hacía mucho tiempo no estaba.
A las siete en punto sonó el despertador, Elizabeth se despertó con una sonrisa en los labios, había dormido plácidamente, se sentía relajada, contenta. Sensaciones casi olvidadas. Miró a Iván que la miraba a su vez. El brillo de su mirada la intrigó, como si supiera algo...
Iván se levantó y dijo: muy bueno el vino, la música y en especial la compañía...
Elizabeth lo siguió intrigada y un poco enojada
- ¿Acaso podés entrar en mi sueño?
- No, claro que no, fuiste vos quien entraste al mio.
jueves, 6 de marzo de 2014
Caen las hojas...
Caen las hojas del almanaque
muertas
marcando los días, meses, años,
que no estás,
que no estás,
tu ausencia arranca
impiadosa.
Eras mi guía,
faro en la oscuridad.
Mano que sostuvo la mía
de pasos vacilantes.
Modelo a seguir
honesto, sincero,
límpida mirada
color cielo.
A la deriva
naufrago
sin tu hombro
donde llorar.
Otro cumpleaños
sin festejar,
tres deseos sin pronunciar
tan inmenso es el vacío
papá.
miércoles, 5 de marzo de 2014
Salvación
Cuando todo es oscuro
y el camino
respira entrecortado,
cuando la angustia
trepa cual enrededadera
asfixiando,
cuando las fuerzas
se dan por vencidas
y dejan de sostenerme,
tus brazos me refugian.
Cuando el desánimo
abraza mi alma
y el frío gana la batalla,
cuando el abismo
es el único horizonte
a la vista,
cuando la fatiga
fluye en cada centimetro de piel,
un grito ahogado, silencioso
atraviesa mar y tierra,
me sostienes.
Si estás a mi lado
la tierra no tiembla
el pecho se aquieta
y una luz, tenue,
se abre paso entre las olas
de un mar embravecido.
miércoles, 26 de febrero de 2014
Desaparecer
Desaparezco en la oscuridad de la noche
me escabullo en un silencio aterido
agazapada cual fiera herida
en vano
te espero.
Imágenes acosan mi mente
cuerpos abrazados
desnudos
amados.
No llegas
no vienes
no estás.
Intento liberarme
ataduras invisibles
fuertes amarras
grito silencioso
murmullo en el alma.
No llegas
no vienes
no estás.
Imagen tomada de http://caliopedreams.wordpress.com/2006/11/06/angustia/
lunes, 24 de febrero de 2014
Un viaje
Es una vieja costumbre, sentarme en el colectivo e imaginar historias. Cada pasajero es un personaje. Esa mujer que está sentada en el segundo asiento es ignorada por sus hijos y nietos, está triste y se siente muy sola. Ese de más allá es infiel, engaña a su mujer con cuanta pollera se le cruza. Aquel otro es un asesino serial, mata a mujeres rubias. Un escalofrío me recorre la espalda. Dos adolescentes cuchichean y se rien como tontas mirando de reojo al pelirrojo que escucha música y ni las mira. Allí hay una mujer con el pelo recogido luchando por salir de sus horquillas, el esmalte de uñas saltado y la mirada triste, ella limpia casas para mantener a sus cinco hijos y al borracho que la embaraza. Hay un abuelo con una sonrisa que no se le borra, debe estar pensando en la última travesura de sus nietos. Hay una ama de casa devota, una secretaria acosada por su jefe, una enfermera con sus zapatos blancos y un masajista. De repente el colectivo cobra una velocidad inusitada, y cuando miro por la ventana veo asombrada como nos elevamos, pasamos autos, autobuses, micros. Se oye un murmullo asombrado. Miro al chofer buscando una explicación, mas el parece tan asombrado como nosotros. Pasamos calles, rutas, autopistas, dejamos atrás casas y edificios, la ciudad nos deja ir... Ahora sólo hay campo y unas vacas rumiando aburrimiento. Yo tenía razón, la mujer de la limpieza saca trapos de su bolso y comienza a limpiar las ventanas, el infiel abraza a su compañera de asiento que asustada se acurruca a su lado. Las adolescentes corren a refugiarse junto al pelirrojo, que cambió de buen modo la música por sentirse un héroe. Le enfermera asiste al abuelo. El chofer trata de mantener la calma y el volante. La mujer que se siente sola no para de llorar, encontró un buen modo de liberar su angustia. Pronto se hace de noche. Todos mis personajes son tal y cual había imaginado. El ama de casa devota, apreta fuertemente su rosario y reza en un murmullo. El masajista masajea a la secretaria acosada. Hay algo que me preocupa mucho. Toco mi gorro y me siento a salvo. El asesino serial parece estar buscando a su próxima víctima. Ignora que la tiene muy cerca. Me mira achinando los ojos, como si con rayos X atravesara la tela. Como atraído por un imán un mechón se escapa de su escondite. Veo una sonrisa trepar por su rostro, instalándose cómoda entre dientes manchados de tabaco. Mi cara es una mueca de terror. Me levanto de golpe, sin sacarle un instante la vista de encima, la gorra se me cae , dejando caer una cascada rubia que buscaba desesperada la libertad. Comienza a acercarse, con la sonrisa más diabólica que vi en mi vida. El colectivo frena bruscamente. Se abre la puerta de golpe. Asombrada veo que es mi parada, bajo corriendo, miró hacia atrás. Justo cuando se cierran las puertas del colectivo en las narices del asesino serial que estruja mi gorro entre sus manos.
lunes, 6 de enero de 2014
Clase de Literatura
La consigna para la próxima clase era escribir un cuento de terror. No dudó
que se trataba de una señal. Tenía tiempo de sobra para preparar todo, hasta el
más mínimo detalle. Estaba cansado de ser invisible para esos malcriados. Era hora
de demostrarles quién era él.
Llegó el lunes. Esperó que todos se sentaran en el aula, y hasta les dio
tiempo para leer algunos trabajos. Eso generaba un clima excepcional, que el
estaba dispuesto a aprovechar. Al quinto relato les cortó la luz, se escuchó un
grito de histeria. Los dejó en la oscuridad total unos minutos. Disfrutaba con
su miedo. Luego, agachado, enfocó la linterna bajo la ventana que daba al
jardín para que diera un haz de luz, dejando suficiente sombra. Se bajó la
capucha tapando sus facciones, y todo el fue un fantasma negro. Abrió la puerta
despacio, haciendo chirriar sus goznes, provocando que todos los mocosos
contuvieran el aliento. Hizo su entrada triunfal, como tanto la soñó. Ahora lo
veían, diecisiete pares de ojos estaban pendientes de él. Era la gloria.
De su bolso sacó una jaula, y la abrió. Decenas de ratas salieron
disparadas en todas direcciones, y los gritos se hicieron frenéticos. Varios se
subieron a los bancos, uno en su desesperación se trepó al ventilador del techo,
cayendo a los pocos minutos vencido por su peso, aplastando a varios de sus
compañeros, que quedaron desparramados en el suelo, sangrando.
El fantasma negro sacó una tijera y agarró a Lucía por el cuello, ella
comenzó a gritar desesperada, el profesor, haciéndose el héroe se sintió en la
obligación de defender a su alumna, mas recibió un fuerte golpe que lo tiró al
piso, inconsciente.
Tomó la larga trenza de Lucía y la cortó incrementando los gritos de su
víctima que lo hacían sonreír satisfecho. A ella le tenía especial tirria, ya
que pasaba a su lado cada mañana riendo y meneando su melena, indiferente, como
si él fuera un mueble más.
Al alto de rulos, le afeitó la cabeza, así borraría su sonrisa de
autosuficiencia. A Susana le hizo varios cortes con el filo de la tijera, la
sangre goteaba y dejaba surcos caprichosos en su ropa. A Cecilia le abrió la
boca y le pasó una ratita por la cara y la lengua. Ella que siempre venía con
su paquete de galletitas en los recreos convidando a todos menos a él. A Pedro
le clavó la tijera en la mano, la sangre brotaba a borbotones. No quería
olvidarse de ninguno. Las ratas chirriaban enloquecidas por los gritos, la
sangre, y el caos se hacía más y más estimulante.
Cuando hubo terminado con todos, algunos aliviándole el trabajo, yacían
inconscientes, otros gritaban histéricos, muchos lloraban y alguno que otro
rezaba. Salió de la clase y sacándose la capucha y el traje negro, quedó con su
uniforme de guarda de la escuela, encendió la luz y regresó a la clase,
alertado por los gritos vino a ver si necesitaban ayuda…
martes, 31 de diciembre de 2013
Sin...
Fue extraño. Al principio no me di cuenta. Luego fue evidente. Comenzaron desapareciendo las letras, muy sigilosamente. Más tarde las palabras y por fin la creatividad. Me quedé vacía. No supe que hacer ni a quién recurrir. Decidí buscarlas, asi que
martes, 5 de noviembre de 2013
Amistad
Levantó la alfombra y alli estaba. Exactamente donde la había dejado. Respiró aliviado. La tomó con sumo cuidado y la llevó a su habitación. No le quitaba la vista de encima, sabía que en cualquier momento podría saltar y hacerse daño. Por el rabillo del ojo vio a su mamá que lo miraba atenta, siguiendo todos sus pasos. No terminó de sentarse en la cama que unos débiles golpes en la puerta le indicaron que ella estaba alli. No esperó su permiso, jamás lo hacía, y entró. Pedro se preguntó para que se molestaba en golpear.
- ¿Qué hacés? inquirió su madre evidentemente intrigada con su comportamiento.
Conocía de sobra que no se daría por vencida hasta que obtuviera una respuesta que a sus ojos fuera satisfactoria. Cansado, optó por decirle la verdad.
- Tengo una pulga.
Su madre achinando los ojos, como siempre que se enojaba, le exigió una explicación.
Pedro miró a la pulga consternado, sabiendo que si no lograba convencer a su madre estarían ambos en problemas.
Le explicó lo mejor que pudo que la pulga era su amiga y lo acompañaba a todas partes. De esa manera se sentía menos solo y no le hacía daño a nadie.
Su madre dulcificó la mirada. Se acercó a la cama justo en el momento que la pulga saltó hacia ella. Pedro intentó detenerla pero fue inevitable. Su madre se sentó sobre la pulga, aplastándola irremediablemente.
- ¿Qué hacés? inquirió su madre evidentemente intrigada con su comportamiento.
Conocía de sobra que no se daría por vencida hasta que obtuviera una respuesta que a sus ojos fuera satisfactoria. Cansado, optó por decirle la verdad.
- Tengo una pulga.
Su madre achinando los ojos, como siempre que se enojaba, le exigió una explicación.
Pedro miró a la pulga consternado, sabiendo que si no lograba convencer a su madre estarían ambos en problemas.
Le explicó lo mejor que pudo que la pulga era su amiga y lo acompañaba a todas partes. De esa manera se sentía menos solo y no le hacía daño a nadie.
Su madre dulcificó la mirada. Se acercó a la cama justo en el momento que la pulga saltó hacia ella. Pedro intentó detenerla pero fue inevitable. Su madre se sentó sobre la pulga, aplastándola irremediablemente.
martes, 8 de octubre de 2013
Tecnología moderna
Puse la foto en el escáner. Soy nueva en estos menesteres asi que seguí las instrucciones al pie de la letra. Apreté el botón de "scan" y esperé unos segundos. Saqué la foto y me quedé mirándola como una idiota. La imagen había desaparecido, es decir, no toda la imagen, aún estaba el tobogán y los árboles... ¿Cómo es posible? Compré el aparato para escanear fotos viejas, esas en blanco y negro. Tengo demasiado tiempo libre y pensé entretenerme, no imaginé nunca que podría borrar la imagen. Llamé a mi sobrino, le expliqué lo que me pasó y me dijo que era imposible, que me pusiera bien los anteojos. Me enojé, aunque no le dije nada. Era tarde, mañana iría a ver al vendedor para que me ayudara , asi que me fui a dormir. Dormir es una forma de decir, no pude pegar un ojo en toda la noche. Me levanté varias veces a ver la foto, imaginando explicaciones una más incongruente que la otra. A las siete de la mañana estaba lista para salir, di vueltas hasta las ocho, ya que el negocio no abría hasta las y media. Llegué cuando el muchacho terminaba de abrir. Le expliqué lo que me había pasado y me miró como si estuviera frente a una loca peligrosa. Saqué la fotografía de la cartera y se la di.
- Señora – dijo exasperado, en esta foto hay un tobogán y unos árboles, no hay ninguna nena subida al tobogán.
-Eso ya lo sé, le dije. Lo que estoy tratando de explicarle, es que había una nena y desapareció, se borró...
-Es imposible, dijo categóricamente
-Estaba la nena subida al tobogán, puse la foto en el escáner y cuando la saqué la nena había desaparecido.
-Si no está conforme con el aparato no tiene que inventar semejante historia, traiga el escáner en su caja original y le devolvemos el dinero.
Me empujó amablemente hasta la puerta. Me sentí una idiota. Nadie me creía.
Volví a casa. Fui directamente al aparato. Levanté la tapa y miré en su interior. Nada.
¿Qué esperabas? dijo una voz en mi cabeza, ¿que la nena te estuviera esperando?
Me preparé un té. Intenté relajarme, pensar con lógica, encontrar una explicación racional.
Nuevamente revisé el aparato minuciosamente, me fijé si tenía pegamento ( tal vez hubiera quedado la imagen pegada sin querer), miré si tenía alguna falla, algo que explicara lo que había pasado... Comencé a desesperarme. Estuve días yendo y viniendo, levantando la tapa y mirando adentro. Traje la lupa de Armando para una nueva y minuciosa revisación. Nada. Comenzaba a resignarme, a pensar que tal vez me hubiera equivocado de foto, que era imposible, que la nena nunca había exisitido, que me había confundido. Era la única explicación posible. me di un ultimátum, lo revisaría por última vez. Si no encontraba nada dejaría el tema por la paz. Me acomodé frente al escáner, levanté la tapa con mucho cuidado, y de pronto la vi. Al principio la imagen era borrosa, pero lentamente como si se pusiera en foco, se hizo clara y nítida. Allí no sólo estaba la nena de la foto subida al tobogán; también había otros niños que reían, corrían, se hamacaban y jugaban. Reconocí a varios, la nena del tobogán era yo misma de pequeña, allí estaba mi madre, y hasta creí ver a mi abuela de pequeña. ¡Se nos veía tan felices!...
La voz en mi cabeza preguntó, ¿cómo es posible que no los haya visto antes?
Y alguien desde algún lugar me contestó : Recién ahora nos ves con los ojos del alma...
jueves, 3 de octubre de 2013
Sorpresa inesperada
Pablo regresa a
casa después de un largo día de trabajo. Se encuentra una caja en el umbral y
no tiene idea quién la ha dejado ahí ni por qué. Presuroso
abre la puerta para ver que hay adentro, por un momento duda, y ¿si es una
bomba?… Descarta la idea ya que no se considera un tipo importante para que
alguien quiera matarlo justamente a él. La caja es pesada, la intriga aumenta.
La pone sobre la mesa de la cocina, busca un cuchillo, comienza su labor de
abrir la caja, una gota de sudor le recorre la sien, baja lentamente por la
frente, la mejilla, y cae... plaf… se estrella en la caja entreabierta.
Finalmente la abre, y mira adentro. Al principio no logra distinguir nada,
temeroso introduce la mano húmeda y palpa el
interior. Toca algo duro, frío, lo saca
y ve una piedra gris veteada de manchitas blancas. Vacía la caja alineando todo
el contenido sobre la gran mesa de madera. Veinticuatro piedras, todas más o
menos del mismo tamaño y diferente color. Las mira extrañado, intrigado,
preguntándose quien pudo habérselas mandado y para qué.
De pronto por el
rabillo del ojo le pareció ver un movimiento. Miró las piedras y efectivamente
estas se movían formando un círculo. Comenzó a reírse. Seguro que sus
compañeros de oficina le estaban gastando una broma. ¡Era eso!, había algún
truco, algún mecanismo que hacía mover a las piedras, ellos simplemente querían
divertirse a costa suya. Levantó una piedra para estudiarla más detenidamente,
la dio vuelta, la miró de todos lados y no encontró nada, parecía una piedra,
común y corriente, ¿cómo lo harían?
-
Me estás mareando- dijo una voz aflautada. Pablo soltó la piedra asustado.
-
Ouch – dijo la misma voz.
Pablo se levantó
de un salto, haciendo caer la silla con un portentoso estruendo. Sigilosamente
se acercó a la mesa, agachándose hasta quedar a la altura de las piedras.
Quería observarlas de cerca, entender donde estaba el truco. Todo esto lo
estaba poniendo más nervioso de lo que estaba dispuesto a reconocer.
-
No temas- dijo una voz más grave que la anterior- no queremos hacerte daño.
-
¿Quienes son ustedes?
-
¡Piedras! ¿Es que no nos ves?
-
Que yo sepa las piedras no se mueven y mucho menos hablan…
-
Ese es tu error, y el de casi todos los humanos. Por supuesto que nos
movemos, y también hablamos pero pocos se toman la molestia de escucharnos…
-
Esto no es real, ¿estoy soñando, verdad?
La piedra de
color marrón oscuro se acercó a Pablo y lo tocó.
-
¿Puedes sentir?
Pabló solo
asintió, incapaz de pronunciar palabra. Levantó la silla del piso y se sentó.
Tomándose la cabeza con ambas manos dijo en voz alta, sin dirigirse a nadie en
particular:
-
¿Qué es todo esto? ¿Estoy hablando con PIEDRAS?
Las piedras
formaron un semicírculo sobre la mesa, y la del medio comenzó a hablar:
-
Hemos viajado millones de años, hemos conocido reyes, castillos, doncellas,
esclavos, hemos vivido guerras, batallas, hemos estado en campos, jardines,
plazas, hemos visto todo y vinimos hasta aquí para contarte nuestras historias,
te elegimos entre muchos humanos para que seas nuestro amigo.
Pablo no sabía si
reír o llorar, todo esto le parecía un gran delirio, si era una broma era
perfecta, y si era real era simplemente increíble.
Esa noche se fue
a dormir sin ni siquiera cenar. No tenía fuerzas. A la mañana se preparó para
ir a trabajar, y en la mesa vio las veinticuatro piedras tal cual las había
dejado la noche anterior. Sonrió aliviado, tal vez todo fue producto del
cansancio y en verdad todo no fue más que un sueño.
Al salir a la
calle, escuchó voces extrañas, y al mirar al piso vio las piedras que en hilera
habían venido a saludarlo.
lunes, 9 de septiembre de 2013
El dibujante
Apenas apareció mi corazón comenzó a bombear con una fuerza inusitada. El lo notó inmediatamente, vi la sonrisa autosuficiente que trató vanamente de disimular cuando se percató que lo estaba mirando. Ella también sintió algo, estoy seguro. Era muy joven e insegura así que hizo lo que él le ordenaba, y por lo tanto no nos cruzábamos jamás. Yo siempre me las ingeniaba para espiarla, y mi corazón preso de su hechizo, reaccionaba al instante. Comencé a odiar a Joaquín, me lo hacía a propósito, disfrutaba con mi sufrimiento, y mi desesperación iba en aumento. Lentamente la venganza fue tomando forma en mi cabeza, tenía que ser muy cuidadoso, ya que cualquier detalle podría fácilmente delatarme. Aproveché que el cierre de edición estaba próximo y Joaquín estaría nervioso para entregar a tiempo. Cuando sentado frente al tablero Joaquín dibujaba a mi amada, salí de de mi escondite y le grité fuerte que la amaba. Aprovechando el desconcierto de Joaquín vacié la tinta roja en su cubículo, llenando todo de sangre. Joaquín cayó al instante, aturdido, herido. Comenzó a alejarse de nosotros dificultosamente, mientras tomaba a mi amada en brazos para vivir nuestra peculiar historia de amor.
Texto presentado en el taller literario La búsqueda : http://tallerlabusqueda.wordpress.com/wp-admin/post.php?post=406&action=edit&message=1
Texto presentado en el taller literario La búsqueda : http://tallerlabusqueda.wordpress.com/wp-admin/post.php?post=406&action=edit&message=1
jueves, 25 de julio de 2013
Venganza
Los escuché hablar. Al principio era sólo un murmullo, por eso no estaba segura. Luego lo oí claramente, pensaban deshacerse de mí. No lo esperaba, la decisión me tomó por sorpresa. No se molestaron en ocultarlo, ni dismular delante mio. Claramente manifestaron que supe tiempos mejores, y era hora de hacer algunos cambios, entre los cuales yo ocupaba un papel fundamental. Me sentí humillada, que poco valor daban a mi presencia, años de sostén, de apoyo, sin una queja cuando me aplastaban, o me pisaban despiadadamente. A veces eran varios juntos, y jamás me escucharon rechinar. Ni hablar de mi calidad indiscutible y años de servicio.
Pensé que debía darles una lección, por eso esa noche, cuando Carla se acostó sobre mí, con leves crujidos de mi noble madera me la tragué de un sólo bocado. No me remordió la conciencia y ni siquiera fue la primera vez ...
martes, 16 de julio de 2013
El paseo
- ¡No es justo!
- ¿De qué hablás?
- Todos disfrutando como locos y nosotras aquí sentadas, sin hacer nada.
- Así nos lo pidió mamita.
- Insisto, no es justo.
- Amelita mamita nos dijo que nos quedáramos aquí, sentaditas con las piernas muy juntitas.
- Amalia no decís nada?
- . . . .
- Amalita está sentadita tranquilita como nos pidió mamita.
- ¿Amandita queridita podrías dejar de hablar "en chiquito", que me pones nerviosita?
- Puedo dejar de hablar en chiquito como vos decís, hermanita Amelita, pero a mi me gusta hacerlo y me sale así.
- ¿Podrían dejar de discutir por pavadas, y mirar a esos tres hombres que nos miran? dijo Amalia por fin.
Las tres miraron hacia donde Amalia indicó. En efecto, tres hombres elegantes las miraban insistentes, hablando entre sí, tal vez esperando una señal para acercarse.
Amelia aplaudió entusiasmada, ¡por fin algo de acción!, en cambio Amanda inmediatamente apretó aún más las rodillas y dijo:
- Mamita nos pidió no hablar con extrañitos.
- ¡Basta por Dios Amelia! Si seguís así te vas a quedar soltera. Mirá esos hombres parecen buenas personas y extraños pueden dejar de ser apenas se acerquen y nos digan sus nombres, ¿no es cierto Amalia?
- Amelia tiene razón, Amandita, llevamos mucho tiempo aquí sentadas, y a mamá no la veo por ningún lado.
Los hombres se acercaron con paso decidido, llevaban unos sobretodos blancos, parecían delantales aunque no estaban seguras. Cuando pudieron asegurarse fue demasiado tarde.
Uno de ellos dijo: ¡Vamos chicas, es hora de volver a casa!
- ¿De qué hablás?
- Todos disfrutando como locos y nosotras aquí sentadas, sin hacer nada.
- Así nos lo pidió mamita.
- Insisto, no es justo.
- Amelita mamita nos dijo que nos quedáramos aquí, sentaditas con las piernas muy juntitas.
- Amalia no decís nada?
- . . . .
- Amalita está sentadita tranquilita como nos pidió mamita.
- ¿Amandita queridita podrías dejar de hablar "en chiquito", que me pones nerviosita?
- Puedo dejar de hablar en chiquito como vos decís, hermanita Amelita, pero a mi me gusta hacerlo y me sale así.
- ¿Podrían dejar de discutir por pavadas, y mirar a esos tres hombres que nos miran? dijo Amalia por fin.
Las tres miraron hacia donde Amalia indicó. En efecto, tres hombres elegantes las miraban insistentes, hablando entre sí, tal vez esperando una señal para acercarse.
Amelia aplaudió entusiasmada, ¡por fin algo de acción!, en cambio Amanda inmediatamente apretó aún más las rodillas y dijo:
- Mamita nos pidió no hablar con extrañitos.
- ¡Basta por Dios Amelia! Si seguís así te vas a quedar soltera. Mirá esos hombres parecen buenas personas y extraños pueden dejar de ser apenas se acerquen y nos digan sus nombres, ¿no es cierto Amalia?
- Amelia tiene razón, Amandita, llevamos mucho tiempo aquí sentadas, y a mamá no la veo por ningún lado.
Los hombres se acercaron con paso decidido, llevaban unos sobretodos blancos, parecían delantales aunque no estaban seguras. Cuando pudieron asegurarse fue demasiado tarde.
Uno de ellos dijo: ¡Vamos chicas, es hora de volver a casa!
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