jueves, 2 de febrero de 2017

Buenos amigos

Clara lo quería. Todos lo sabían. Eran amigos desde la escuela. Lo que nadie sabía era que Clara estaba enamorada de Antonio. Ella se encargó de ocultarlo bien.  Cuando iban juntos al colegio su amor era secreto, eran amigos y se llevaban realmente bien, tenían gustos parecidos y eso los acercaba. Sin embargo Antonio siempre la trataba como a una hermana menor, protegiéndola y aconsejándola, a pesar de tener la misma edad. Era su confidente. Clara sabía con quien habia salido, a quien pensaba invitar al cine y con cada una de las chicas que se había acostado. Era una excelente actriz pensaba, ya que sabia mantenerse neutral ante cada nueva conquista. Al menos en apariencia, porque por dentro su corazón parecia resquebrajarse ante cada nuevo amorio.
El tiempo pasó, llegaron nuevos amores y compañeros de ruta. La primera que anunció su boda fue Clara. Ernesto era un hombre muy apuesto, comprensivo y tierno. Un hombre ideal. Unos años después fue el turno de Antonio. Conoció a Silvia en un viaje, y pocos meses despues decidieron casarse. Clara no estaba preparada para las sensaciones que la embargaron. Pensó que Antonio era un amor del pasado, platónico, sin embargo se vio invadida por una oleada de celos y tristeza infinita, que la sorprendieron mucho. Se quedó muy pensativa con la noticia y a Antonio no le pasó inadvertido. Estaban sentados en un café, disfrutando del habitual cortado y cappuccino, con una porción de  torta de manzana que a menudo compartían.
-¿Qué pasa Chiquita, no estas contenta?
Amaba la forma en que él la llamaba, aunque ya no fuera chiquita,en sus labios sonaba como una caricia.
-Claro que estoy contenta Antonio, un poco soprendida por lo rápido que suceden las cosas…
-Jajaja, estoy llegando a una edad que las cosas se hacen sin tantos rodeos Chiquita…
-Estás enamorado o la querés?
-¿Es que acaso hay diferencia?
¡Por supuesto! Amar y querer no es lo mismo.
-A ver, sabelotodo , explicame.
-Querer es un sentimiento tranquilo, que te da paz y seguridad. El que quiere muchas veces se deja querer, se siente acompañado, auyentando la soledad, los fantasmas. Querer es un mar en calma. En cambio amar, es padecer. Es sentir miedo de perder al otro, de no verlo más, de no tenerlo cerca, es un mar embravecido con olas que te mecen y te sacuden a la vez, que te arrullan y te desestabilizan a un tiempo, es conocer al otro en sus gestos, en sus sueños, en sus pesadillas, es conocer sus defectos y aprender a convivir con ellos, es proyectar un mismo camino, es transitar un sendero a veces empinado, a veces llano, y si hay tropiezos saber levantarse juntos, aprendiendo de los errores y sentirse pleno con su sola presencia…
-¿Eso es lo que sentís por Ernesto?
Clara se quedo petrificada ante esa pregunta, debia pensar rápido una buena respuesta. El mozo apareció de repente para retirar las tazas y preguntar si querian algo mas. Clara aprovechó ese momento para disculparse porque tenia una reunión y dejó a Antonio con un beso rápido.
No se  vieron varias semanas, aunque hablaban por telefono seguido. Clara lo evitaba sutilmente, temiendo que el quisiera retomar la conversacion que habian mantenido en el bar. Finalmente llegó el dia de la boda. La ceremonia no fue especialmente emotiva aunque Clara no dejaba de llorar y la gente lo adjudicaba a la emoción. Viajaron de luna de miel y al regreso se encontraron en el lugar habitual con la torta de manzana y los cafés de siempre.
-Parece que nada cambia dijo Antonio sonriendo.
-Algunas cosas si, dijo enigmática.
-Eso intrigó a Antonio, lo vio en sus ojos. Se perdió en ellos, como le pasaba siempre que lo miraba fijo.
-Me separé de Ernesto. Antonio quedo petrificado esta vez, con miles de preguntas que se le atragantaron. No hizo falta preguntar nada. Clara le explicó que las cosas hacia tiempo no andaban bien entre ellos, y que cuando por milésima vez le dijo a Ernesto que no queria tener hijos con él decidieron separar sus caminos.
-¿Hijos con el? Quiere decir que si querés hijos pero no con él?
Clara lo miró, sabiendo que el podía leerla entre líneas, porque a veces le parecía que la conocía mejor que ella misma, y aún así sabia que no podia decirle la verdad, Antonio acababa de volver de su luna de miel y todo parecia en orden. No tenia derecho… 
-No, no es eso, es que no sentia que era el momento, mintió lo mejor que pudo. No sientas pena por mi, me siento liberada. Ernesto siempre fue muy bueno conmigo, pero…
-No lo amas,la cortó Antonio. Esta vez fue el celular de Antonio quien le evitó tener que contestar.
Antonio se disculpó y se fue. Un cliente lo estaba esperando.
Pasaron unos minutos y cuando Clara estaba a punto de irse entraron unos delincuentes a asaltar. Estaban realmente alterados, la gente gritaba histérica y eso los ponía peor. El robo duró unos pocos minutos, los suficientes para disparar al encargado,  algunos de los clientes y  al dueño del bar. Hubo dos muertos y varias personas heridas. Entre ellas Clara, que fue llevada al hospital en estado critico.
Cuando Antonio llegó a la habitacion alli ya estaban Ernesto y Silvia. Casi ni los miró. Sus ojos se posaron en Clara, tan blanca como la sabana que la cubría. Tubos y cables aparecían conectados por todos lados, un zumbido constante perforaba el silencio. Antonio no pudo contenerse, el llanto lo sacudió con fuerza, ya nada le importaba, porque estaba a punto de perder lo que mas queria en el mundo, Clara , su Chiquita.
-Clara hay tantas cosas que quiero decirte, tenemos tantas cosas que hacer juntos todavia, necesito decirte algo, algo que nunca me animé a decirte por miedo a perderte, y ahora irónicamente, te lo quiero decir, aunque sea demasiado tarde, ¿Te acordás cuando me explicaste lo que es amar a alguien? El mar embravecido, miedo de perder al otro, y... Te amo chiquita, con todo mi corazón.
Todos lo miraron incrédulos, incluso Clara, que en ese preciso instante abrió los ojos.

martes, 22 de noviembre de 2016

La escritora







- No puedo entregarte el libro en fecha.


- Es la tercera vez que lo haces Marian, no puedo seguir aceptando más postergaciones. Y esta vez ¿cuál es tu excusa?


- Me enamoré, dije muy segura.


- Eso es muy bueno, contestó Ernesto, con una sonrisa sincera, lo que no entiendo es por qué te impide eso entregar el libro. Supongo que si le explicas la falta de tiempo para encontrarse lo va a entender, o ¿no es asi?


- Precisamente a él lo veo a diario y no se ve afectado por el libro, todo lo contrario, te diría.


- No entiendo entonces, ¿podés ser más clara?


- Mmmm, me enamoré de Sergio, el protagonista de mi libro, dije con un tono más agudo del que me hubiera gustado.


- Jajajajajajaa, estalló Ernesto en una carcajada sonora, demasiado sonora para mi gusto. Cuando se calmó dijo: - Marian amo tu sentido del humor. Ahora decime en serio,¿Cuándo me entregás el libro? preguntó sin dejar de sonreír.


Lo mire y esa sola mirada bastó para que se pusiera serio de repente y me dijera: - Estás hablando en serio.


Asentí, demasiado afligida para emitir palabra.


Nos quedamos asi en silencio unos minutos que se me antojaron horas. Se sacó los lentes, cerró los ojos, puso el pulgar y el indice en el puente de la nariz, y finalmente dijo:


- Marian sabes cuánto te aprecio, pero si no recibo el libro para fin de mes voy a tener que buscar a otro escritor, además del juicio que en la editorial van a hacerte por incumplimiento de contrato y no voy a poder hacer nada para evitarlo.


- Fin de mes es en una semana. Ahora fue el quien asintió sin hablar.


Me levanté con varios kilos más sobre mi espalda, no sé que esperaba realmente. Si yo estuviera en el lugar de Ernesto actuaría igual que él o peor ante un escritor que pretende estar enamorado del protagonista de su libro, pensaría que esta loco, obsesionado o… No se qué…


Cerré la puerta de la oficina de Ernesto sabiendo que no estoy loca, llegué a casa casi arrastrando los pies, retrasando el momento de sentarme frente a la pantalla de mi computadora lo más posible, sabiendo que era inevitable.




Me preparé un café y abrí el archivo de mi libro. Me quedé alli sentada mirando la pantalla, frente a las letras que se ahogaban entre lágrimas que no podia detener. De repente la imagen cambió y Sergio apareció sonriente, tal cual lo habia imaginado. Sabia que era él, mi descripción habia sido exacta. Me quedé pasmada, mi imaginación era más poderosa de lo que sospechaba. Cuando me habló mi mandibula cayó cual dibujo animado. No estaba imaginando nada, su voz era clara y fuerte y ¡me hablaba a mi!


- Marian a mi me pasa lo mismo que a vos, vayámonos de aqui, lejos, dijo y extendió su mano fuera de la computadora.


No podia reaccionar, todo parecia tan real. Extendí mi mano sabiendo que tocaria el aire, sin embargo una mano suave y segura a la vez, envolvió la mia. Luego Sergio me rodeó con sus brazos y todo su calor me envolvió.


- Gracias por confiar dijo. Lo miré y sonrei. En ese instante supe que mis lectores se perdieron un gran libro.


domingo, 9 de octubre de 2016

Olaya al 1600

Comencé a recordarte hace unos días, cuando la nostalgia inundó mi sangre, recorriendo mi cuerpo, atravesando recovecos que ni siquiera sabía que existían.

No imaginé que podías generar semejantes sentimientos. Recuerdos que pronto se hicieron añoranza y más pronto aún, desnudaron ausencias.

Tus paredes guardan un mundo. Un mundo que quedó tan lejos… Sin embargo hoy rescaté retazos, armando un rompecabezas de imágenes que poblaron mi mente y mi corazón. Luego sucedió lo inevitable, las lágrimas no tardaron en aparecer, rociando con nostalgia los pedazos, las sonrisas, las ausencias, la necesidad de verte, sentirte, tocarte, aunque sólo sea una vez más.

El tiempo pasa y se escurre entre mis dedos sin que pueda detenerlo, dejando un reguero de dolor, de vacíos que ya nadie llenará, y recuerdos felices que anidan todos en mi alma, mezclados en un mapa de sentimientos que conforman mi vida.

Los cimientos son fuertes, albergaron sueños, peleas, reconciliaciones. Sostuvieron días de lucha, del diario vivir. Hoy cobijan a otros, ajenos, distantes, extraños…

En un lugar en el mundo hay una casa, en la cual viví, soñé, crecí, cuyos ladrillos guardan pedacitos de alma que nadie ve. Partículas invisibles de momentos que no volverán, que quedaron allí, atrapados para siempre.

miércoles, 2 de marzo de 2016

Al acecho


Ella está bailando con sus amigas. Se ríen con esa complicidad de saberse observadas, admiradas, deseadas… Son todas lindas, aunque yo ya elegí. La mía tiene el pelo negro, muy largo, que se mueve acompañando cada movimiento de su cuerpo. Viste un pantalón corto blanco y una blusa que deja al descubierto su ombligo. Ese ombligo que pienso lamer, morder, chupar… Ella es mía, sé que no va a querer, por eso tengo todo preparado.  Quiera o no quiera.  ¿Qué importa? Hace dos horas que la observo, estoy a punto de explotar. No me ha mirado ni una sola vez. Soy invisible. ¡Qué ironía que a partir de hoy no podrá olvidarse de mi cara! Quedaré grabado para siempre en su memoria. Ya nadie podrá tocarla sin que ella me recuerde. ¡Soy tan feliz! Ya es hora. Camino lentamente hacia ella, saboreando el momento, le acerco gentilmente una botella  a la que previamente le agregué unas gotitas "especiales" y le sonrío con mi mejor sonrisa.
-Para vos preciosa, hace tanto calor que pensé que te vendría bien tomar un poco de agua, le digo empalagándome en mi propia dulzura.
Ella me mira, primero sorprendida, luego me sonríe a su vez, mientras el suelo se derrite a mis pies. Abre la botella sin dejar de sonreírme, mientras miro extasiado como va a beberla, sin previo aviso, me tira el líquido en la cara.  La miro con odio, y mientras me seco escucho las risas de sus amigas y  comienzo a correr, rápido, muy rápido, jurando que la próxima vez no se me va a escapar.

jueves, 25 de febrero de 2016

La llave

Caminaba distraída cuando la encontré. Tenía como un imán que me impulsó a tomarla. La guardé en el bolsillo y seguí caminado. Pensé en ella durante todo el trayecto, sentía su calor a traves de la tela del pantalón. Cuando llegué a casa la saqué e intenté abrir la puerta. Nada. Ni se movía. Lo seguí intentando con muchas otras puertas. En cada oportunidad que tenía sacaba la llave y probaba. Cerraduras grandes, pequeñas, antiguas, modernas, angostas, anchas, doradas, plateadas… Mi llave no conseguía abrir ninguna puerta. Estuve así días, semanas, meses… La frustración que sentía era inmensa. Sabía que esa llave tenía un significado, por algo la había encontrado, estaba segura. Hasta que un día finalmente lo comprendí. Mi llave no abria ninguna puerta, cerraba. Cerré la puerta. Ahora eres pasado. Ya no podrás volver ni lastimarme. Salí a la calle y tiré mi llave, estaba segura que alguién más la encontraría.

lunes, 1 de febrero de 2016

Dialogando...



-Es injusto-

-¿Me hablas a mi?-

-¡No, a la heladera!

-¿En serio? ¡Sos mi alma gemela! Nunca antes había conocido a alguien que hable con la heladera como yo.

-No hablaba en serio.

-No seas tonto, no tenés porque avergonzarte. Todos tenemos nuestras locuras, jajaja, si no no estaríamos acá.

-No estoy loco. Me internaron por otro motivo.

-Ah ¿sí? ¿Y por qué motivo si se puede saber?

-No lo entenderías

-Probáme

-Estoy estresado, vengo pasando una etapa difícil, un poco alterado y ya creen que estoy loco…

-¿Viste hela? Cree que no está loco… Sólo alterado

-¿Quién es hela? Acá estamos sólo vos y yo, y mi nombre es Horacio.

-Horacio, estamos charlando, no interrumpas.

-Conmigo estás charlando, ¡ya te dije que no hay nadie más acá!

-Alguien está celoso…

-¡Dios, solo a mí se me ocurre intentar razonar con un desquiciado!

-A desquiciado no lo conozco, ¿me lo podrías presentar?

-¡Vos sos un desquiciado y me vas a desquiciar a mi si sigo hablando con vos!

-Ah, ya entiendo, ¿preferís hablar con la heladera en vez de conmigo?

-¡Sí!

-¡Lo sabia! ¡Te dije que eras mi alma gemela!


martes, 26 de enero de 2016

Dolor







Tengo el alma en cenizas
que perdidas
se esparcen
en el aire.

Duele cada cuchillo
que se clava,
 sediento,
arrancando vida, 
destrozando sueños
aniquilando esperanzas…

Odio,
 que  respira y mata
dolor que no cede,
revive con cada gota
que cae inerte,
injusta, 
gritando 
sin que nadie la escuche:

¡BASTA, BASTA, BASTA!

domingo, 8 de febrero de 2015

Viaje en colectivo

Estaba cansado. Había sido un día agotador. Subí y me senté casi al fondo. Cerré los ojos. Empecé a relajarme imaginando lo que haría al llegar a casa. Pronto mis pensamientos se vieron invadidos por la voz de mi compañero de asiento que parecía no darse cuenta donde estaba y discutía a viva voz con alguién por celular. Inmediatamente desde atrás me llegó la voz de una mujer que también hablaba muy alto. Presté atención a mis circunstanciales colegas de viaje, salvo el conductor una viejita y yo, todos mantenían animadas conversaciones con interlocutores invisibles. Las voces , en el relativamente reducido espacio, chocaban en mis oídos como un borracho perdido.

- El contrato como mínimo a tres años y no creas que esa suma es satisfactoria...
- Eso no es lo que hablamos, me siento defraudada Enrique...
- ¿Vamos a bailar el sábado?..
- Tenés que terminar la tarea y después podes ir a jugar a la casa de...
- Encontré un vestido de oferta que no sabes lo que es... Te vas a morir...
Me sentía mareado, aturdido. Retazos de conversaciones me envolvían, jadeaban a mi alrededor, alterando mis sentidos.
Miré al conductor desconsolado. Me guiñó un ojo, mientras una sonrisa se dibujaba en su rostro. No entendí que lo divertía tanto hasta que de repente cada retazo de conversación se materializó, literalmente hablando, en letras que danzaban en todas direcciones. Un baile desenfrenado de palabras que subían, iban y venían saliendo y entrando por bocas que quedaron congeladas expresándose sin quererlo ya.
La mujer que le hablaba a su pareja le decía de pronto que el contrato lo rompería en mil pedazos y el hombre que hablaba con su socio le dijo que le mandaria la foto con el vestido nuevo apenas llegara a casa. La chica que arreglaba para ir a bailar dijo que los deberes eran la prioridad y después la diversión... Nadie entendía lo que estaba pasando, salvo el chofer y la viejita que parecían disfrutar como locos. Finalmente me relajé y empecé a reír con ellos...

lunes, 8 de diciembre de 2014

Las botas nuevas

Caminaba distraída. De pronto las vi. Pregunté el precio y me fui. Era mucho más de lo que podía permitirme. Seguí caminando sin que pudiera sacármelas de la cabeza. Era una lucha interna entre el querer y el deber. Arrastrando los pies volví. Evidentemente ganó el querer. Utilicé un argumento convincente. Realmente las necesitaba Y si bien no eran baratas, eran de calidad, y las cosas buenas salen caras decía mi abuela. La vendedora sonrió al verme. Disfrutaba por anticipado el llanto de mi billetera. Me trajo el par.
- Son australianas, valen cada centavo. No te vas a arrepentir.
Me descalcé e intenté ponermelas. No me entraban. Una mezcla de alegría y desilusión se apoderó de mi.
- Es sólo al principio. Luego se amoldan. Es tu número, empujá.
Las botas no tenían cierre ni broche. Un elástico a los costados hacía el trabajo.
Transpirando logré calzarme. Eran realmente cómodas. No me apretaban y mis cansados pies parecían agradecidos.
- Las llevo.
Después de tres cómodas cuotas sin interés y un gran remordimiento me fui.
A la mañana me levanté con el tiempo justo para llegar al trabajo. Por suerte me había preparado la ropa. Calzarme las nuevas botas me llevó más tiempo del calculado. Cuando estaba a punto de rendirme y devolverlas, lo conseguí. Estaba a mitad de camino. Por supuesto que llegué tarde, el disgusto se compensó con las miradas envidiosas y admiradas de mis compañeras.
Durante el día me olvidé de mis botas nuevas. Eran realmente cómodas.
El problema surgió cuando llegué a casa y traté de descalzarme. La bota no cedía. Intenté un pie, luego el otro. Y nada. Estuve así una hora. Me sentía estúpida. ¿ A quién podría pedirle ayuda? No había caso. Quería darme una ducha. Con no poca dificultad pude desvestirme. Revestí las botas con bolsas de nylon y me bañé. Logré relajarme bastante. Volví a intentarlo. Nada. Me pareció que las botas sonreían, estaban adheridas a mis pies. Me fui a dormir.
Al día siguiente llegué puntual al trabajo.

domingo, 9 de noviembre de 2014

Casi un tango

Nos enamoramos una tarde de verano. Eramos jóvenes, frescos y deshinibidos. La vi en la plaza del barrio, y al escucharla reír me sentí inmediatamente atraído. Estaba con su mejor amiga, eso por supuesto, lo supe después. Nunca quiso contarme que le causó tanta gracia. – Es un secreto dijo.
Quedó embarazada y como se estilaba en esa época nos tuvimos que casar. Yo era el hombre más feliz de la tierra. Creí que ella también lo era. Tuve que conseguir dos trabajos para mantener la familia, ella se ocupaba de la casa y los bebés. Tuvimos mellizos. Nos veíamos poco la verdad. Los fines de semana ella salía a refrescarse, como le gustaba decir, para recuperar fuerzas después de una semana encerrada en la casa con los chicos. Tuvimos dos críos más, que sumaron distancia a nuestro matrimonio. A mi manera yo seguía siendo feliz, tenía un trabajo que me permitía mantener dignamente a mi familia, una mujer que seguía viendóse hermosa y atractiva, y cuatro hijos maravillosos.
Una tarde, al regresar a casa me encontré con una sorpresa. Una vecina se ocupaba de darle de comer a los chicos.
-  ¿Dónde está María? le pregunté
Por toda respuesta bajó la mirada.
Perturbado, y con mil pensamientos uno más terrible que el otro la zamarreé para obtener una respuesta. Los chicos  asustados, se largaron a llorar, creando un escenario más drámatico aún.
La vecina temblando me entregó un sobre que  estaba abierto, asi que supuse que lo había leído. De ahí su cara de... No pude definirla en ese momento.
Querido Ernesto:
Sé que esta carta va a sorprenderte.Todos estos años creíste estar al lado de una mujer feliz, y yo me sentía profundamente desdichada a tu lado. Sos un buen hombre, no lo niego. Pero no sos lo que necesito a mi lado. La vecina hace años que se ocupa de los chicos, y hasta creo que te ama en secreto. Esto te lo digo porque nunca fuiste bueno para interpretar a la gente y tal vez te ayude. Perdón si te sueno cínica. Por una vez en la vida quiero hacer lo que realmente deseo, sin importarme el qué dirán. Por eso me voy, para empezar a vivir la vida que siempre soñé, lo que siempre quise vivir, con  ella.
Nunca te voy a olvidar.
María.

lunes, 3 de noviembre de 2014

Carta abierta a la vida

La vida me ha golpeado muchas veces. He llorado, perdido, sufrido. Tuve dolores físicos y en el alma. Emigré. Me caí. Me humillaron y me  lastimaron. Sentí el corazón estallar de dolor, la tristeza fue una persistente compañera. Y con el tiempo aprendí a seguir adelante, a pesar de todo y de todos. A dibujarme una sonrisa en el rostro aunque no tuviera ganas de sonreír, a rodearme de gente que valga la pena, a descartar la que no, a caminar con la frente alta, a levantarme de la cama aunque ésta intentara retenerme a la fuerza.
Crecí. A golpes de la vida.
Avancé, a veces a rastras, otras empujada por manos queridas.
Y me levanté, aún sin ganas ni voluntad.
Nadie me regaló nada.
Hoy, en la mitad de mi camino soy más sabia.
Aprendí que la vida es una ruta escarpada, hay que aferrarse para que no te pasen por encima.
Hay que ser humilde. Entender que la vida puede cambiar en un instante. Llorar sólo cuando es indispensable. Y reír siempre que se pueda. La vida te da oportunidades de cambiar. De ser mejor persona. De superarte a vos mismo. Hay que aprender a mirar con otros ojos, los del alma.
Aprendí que ayudar al otro es un egoísmo sano, me hace sentir bien.
Aprendí que debo dejar volar a mis hijas, aún reteniendo la respiración, sin poder evitar que sufran, tan sólo secar sus lágrimas, y eso sólo si ellas me dejan. Esa es la parte más difícil del camino. Dejar ir pero estar. Cuidar sin invadir. Permanecer cerca sin interferir, a menos que lo pidan. Lo más duro de ser madre es ver sufrir a tus hijas y no poder hacer nada por evitarlo.
Aprendí que en vez de mirar lo que hace el otro es preferible ocuparse de tu propia vida.
Aprendí a no juzgar. Cada uno tiene sus razones. Sus tiempos. Su verdad, aunque no sea igual a la mía.
Aprendí que todos más tarde o más temprano sufrimos y que cada cual lleva su propia mochila.
Aprendí que los errores se perdonan. Los ajenos y también los propios. No somos perfectos. Ni infalibles. De nada sirven los reproches. El error sirve para aprender, para superarnos y conocernos mejor.
Aprendí a ser yo misma, con todo lo que eso implica.

martes, 28 de octubre de 2014

La desaparición


Salió al encuentro de la lluvia y desapareció. Le gustaba hacerlo. Escapaba por la ventana, y corría, corría, corría. Saltaba los charcos de la vereda, se empapaba hasta los huesos y después volvía a refugiarse en el calor del hogar. Podía tardar un rato o días en volver. Lo máximo fue una semana. Ya lo creíamos perdido y volvió sucio, más flaco, famélico y embarrado. Lo reconocí por sus ojos, que eran de un color amarillo brillante.
- ¿ Dónde está Simón?
- Apenas empezó a llover se escapó por la ventana.
Miré a mi mamá y vi un profundo pesar. Me pareció exagerado.
Cuando me fui a dormir, Simón aún no había regresado. Afuera lloviznaba. Volvió a mi mente la profunda tristeza de mi madre. Y entonces lo comprendí todo. Mi padre se había ido cuando yo tenía cinco años. Nunca volvió. Recuerdo que esa noche llovía, los truenos me despertaron y fui corriendo a su habitación. Encontré a mi madre llorando, sentada en la cama, abrazando sus rodillas. Le pregunté si ella también llovía. Mi madre se rió ante mi ocurrencia y me abrazó tan fuerte que me dolió. Nos quedamos dormidas. A la mañana siguiente  mamá  dijo:
- Tú papá se fue y no va a volver. Ahora sólo somos vos y yo. 
Nunca más volví a verlo ni supe más nada de él. Me levanté sin hacer ruido y fui a buscar a mi madre. Estaba sentada en su cama, abrazando sus rodillas. No lloraba. Sus ojos secos bastaban para expresar su dolor. Me acerqué y la abracé sin decir palabra.
Pasaron varias semanas.  Simón no volvió. Ya no lo esperabámos.
Una tarde tocaron la puerta de calle. Fui a abrir. Me quedé muda. Un hombre muy parecido a mi papá me sonreía. Sus ojos eran de color amarillo brillante, iguales a los de Simón, mi gato. 

lunes, 13 de octubre de 2014

La suerte de Felipe

Felipe es lo que todos llaman un tipo de suerte. Todo lo que hace le sale bien. Fue siempre así, en la escuela era el niño más querido, el de las mejores notas, el hijo más mimado. Ya adolescente tenía las chicas más lindas siempre revoloteando a su alrededor, los amigos lo adoraban y envidiaban al mismo tiempo.
Decidió estudiar abogacía y recibirse en cuatro años,y así fue.
A los veintisiete se enamoró de Estela, una joven hermosa y de buen corazón. Decidió casarse con ella. Y asi fue. No tardaron en llegar los hijos, sanitos y unos más lindo que el otro. Felipe quiso tres, y así fue. Un varón y dos nenas. Y así fue.
Su estudio de abogados era uno de los más reconocidos de la ciudad. Pronto amasó una gran fortuna. Construyó la casa de sus sueños, con jardín y pileta.
Felipe tenía todo lo que un hombre puede soñar. Triunfaba en cada cosa que se proponía. No sabía lo que era el fracaso, ni la desilusión. Desconocía el miedo, las preocupaciones, la incertidumbre.
Cuando cumplió cincuenta años su familia le organizó una fiesta fabulosa. Ya para entonces lo había decidido. Bailó y festejó con amigos, brindó con sus seres queridos y a las doce de la noche llamó aparte a Miguel, su hijo mayor.
- Quiero darte esto, dijo. Tendrás suerte en todo lo que emprendas. Viene de generación en generación y yo quiero entregártelo hoy.
- Papá ¿estás enfermo?
- No, claro que no. Aún no llegó mi hora (creo).
- ¿Entonces? No entiendo.
- Hijo, es tiempo que empiece a vivir, ¿no te parece?

miércoles, 1 de octubre de 2014

Asesina del amor

No podía permitir que él conociera mi secreto, hubiera sido demasiado cruel. Se enamoró como un gil, a mi también me pasaban cosas, sería estúpido negarlo. Nunca un tipo así se fijo en mí, y me dio pena desencantarlo. Hasta ahora mis relaciones con los hombres fueron un par de encuentros, sacarnos las ganas y seguir cada uno su camino. Siendo quien soy es impensable el cuentito rosa de la mujer casada, con hijos, una casa con jardín y perro. Siempre fui independiente, trabajo por encargo, y no le rindo cuentas a nadie. Cuando me pega la soledad voy a un bar y siempre engancho alguno para pasar el rato y acallar los fantasmas. Después vuelvo a lo mío, renovada y sin demasiadas cavilaciones. Esteban fue una novedad para mi. Un tipo guapo, trabajador y principalemente honesto no se había cruzado nunca en mi camino. No podía contarle mi verdadero trabajo, así que le mencioné la versión oficial: escritora de historias policiales. Por supuesto no le aclaré que en realidad soy la heroína de todos los cuentos. Esteban se entusiasmó con mi trabajo, (ficticio) y le conté unas cuantas historias (reales). Lo conocí en un bar que no suelo frecuentar, en una zona de ricachones, a la que fui después de liquidar a mi última víctima. Estaba realmente hambrienta, asi que  me metí en el primer lugar abierto que encontré sin pensarlo dos veces. Y ahí estaba él, cenando con un amigo. Cuando se levantó de la mesa chocamos, una cosa llevó a la otra y terminamos en su cama. Me pidió mi número y se lo dí. Estaba segura que no volvería a saber de él. Dos días más tarde me llamó y arreglamos para vernos. La cuestión es que hace tres meses que tenemos una relación. El quiere hacer de esto algo realmente formal, y por supuesto que yo me niego. Es lo mejor que me pasó en la vida, no hay dudas de eso. Sin embargo, esta noche me emborraché y le dije que lo nuestro no iba más. Y ahora sólo me queda llorar por mi mala suerte.

domingo, 21 de septiembre de 2014

Una nueva amiga

Abrí la canilla y los escuché. Otra vez los vecinos discutiendo pensé. Cerré el grifo y las voces cesaron. Seguí llenando el recipiente y nuevamente los gritos. Estuve así un rato, abriendo y cerrando el agua, y las voces se escuchaban o cesaban en consonancia. Me reí por el sentido de la oportunidad de mis vecinos. Decidí subir para pedirles que se callaran. Golpeé suavemente la puerta. Nada. Golpeé más fuerte. Silencio. Toqué el timbre, primero delicadamente, luego con mayor insistencia. Mutis. La vecina del tercero "B" salió a ver que pasaba. Me informó que mis vecinos  habían salido ayer de vacaciones con los chicos. Ante mi cara de asombro me informó que ella era la encargada de regar las plantas y le dejaron la llave. Lo dijo con orgullo, ya que la última vez que se fueron me habían dejado a mi esa tarea y al volver tenían todas las macetas mustias.
Volví a mi departamento y me acerqué a la pileta. Me quedé allí parada sin saber qué hacer. Me regañé mentalmente y juntando coraje abrí rápidamente la canilla. Las voces volvieron a retumbar en mi cocina. No estaba loca, se escuchaba claramente una discusión de pareja. Acerqué mi oído lo más que pude y confirmé sin dudas que las voces provenían de allí.
¡Ey!  – dije- ¿Quién anda ahí?
Esta vez las voces cesaron sin haber cerrado la canilla.
¡Contesten! Quienes son ustedes?
Las voces regresaron, esta vez en un murmullo apagado, me costaba distinguir lo que decían, aunque se trataba claramente de un reproche.
Seguí allí, hablándole a una canilla, insistiendo, rogando un rato largo, hasta que finalmente una voz femenina me contestó. Al principio me quedé helada, luego me fui relajando y comenzamos a charlar animadamente. Ella me contó sus problemas, me habló de su rutina, del ex marido, que por suerte  ya se había ido, me habló de su trabajo... Ella también tenía vecinos insoportables. Nuestra vida era bastante similar, si obviamos el detalle que ella vivía adentro de una canilla en mi cocina.

miércoles, 17 de septiembre de 2014

Ellos te necesitan...

Besé a Juan y a mis hijos, alargando el momento más de la cuenta, despidiéndome sin decir palabra. Me acosté y cerré los ojos. Estaba decidida. Lo había pensado durando muchos días y estaba convencida que debía funcionar. Imaginé el famoso túnel y comencé a avanzar por él. Todo estaba muy oscuro, caminé largo rato sin que nada cambiara a mi alrededor. Las sombras me envolvían. No estaba dispuesta a darme por vencida, asi que seguí avanzando hasta que lejos, muy lejos, comencé a divisar una luz  muy tenue que se iba potenciando a medida que apuraba el paso. Lo estaba logrando. Estaba muy cansada, caminé varias horas, aún así mi objetivo era el motor que me impulsaba hacia adelante. No sé cuanto tiempo pasó, finalmente llegué. Una luz enceguecedora iluminaba todo el espacio. Tardé en acomodar mis ojos, hasta que me encontré cara a cara frente a El, imponente, sentado en un trono, vestido con una túnica larga inmaculada con ribetes en plata y oro. ¿Sería mi imaginación? Todo se ajustaba  a los cuentos e historias que escuché de pequeña. Salvo su rostro, allí no veía paz ni bondad, la cara que estaba frente a mí irradiaba...
-¡Furia! eso es lo que irradio. ¿Cómo te atreves a aparecerte frente a mi, así sin más? Soy yo quien decido cuándo y cómo. No ha llegado tu hora.
Lo miré tomando conciencia de pronto de lo que había hecho. Comprendí demasiado tarde mi osadía. Aún así quería presentarle mis argumentos, a mi modo de ver lo suficientemente poderosos y justificados.
  - Con todo respeto, dije en una voz aguda que denotaba mis nervios, no podía seguir tolerándolo más... El universo se ha convertido en un lugar hostil, cruel. Viví durante más de un mes bajo el ataque de misiles, el mundo le cree a los terroristas, la muerte es el idioma diario, si no es por la guerra, es por robos o conductores borrachos, se decapitan inocentes sin que nadie haga lo suficiente por impedirlo. Es más de lo que puedo soportar. Sé hace mucho tiempo que la vida no es un lecho de rosas, que debemos superar obstáculos, dificultades y pérdidas, pero esto es demasiado para mí. No es este el mundo en el que quiero vivir, donde la indiferencia, la hostilidad, el egoísmo reinan.
-¡Que impertinencia la tuya! ¿Hablarme asi a mi?
Bajé la cabeza como respuesta. E inmediatamente la subí y lo miré directamente a los ojos.
-¡Creeme que no puedo más! - casi grité. ¿En que nos hemos convertido? ---¿Cómo puedo seguir mirando a la cara a mis hijos ? No los traje al mundo para esto...
El me miró indignado, nadie le hablaba asi, era evidente que estaba desbordada.
Se quedó callado y me pregunté si estaría pensando. No me animaba a hablarle, había sido demasiado insolente.
Los minutos pasaban en silencio. Finalmente me dijo:
- Entiendo tus razones, aún asi no puedes venir aquí cuando quieras, hay un orden natural que no puedes alterar.
- Me cuesta mucho entender tu "orden natural" cuando padres deben enterrar a sus hijos por  muertes absurdas, cuando el terrorismo avanza y crece sin freno, cuando ...
Su mirada me penetró como hielo lacerante en mis cansadas pupilas. me quedé callada.
-No sos quién para cuestionarme. Te lo advierto, debes volver ahora mismo.
- ¿Qué pasa si no quiero?
- ¿Desde cuando esa rebeld¬ía? Te desconozco.
El tenía razón, siempre fui una mujer fácil de tratar, dócil hasta cierto punto. Sentía que había llegado a mi límite. ¿Para que seguir viviendo?
- No debes decidir eso. Evidentemente sabía lo que estaba pensando sin necesidad de pronunciar palabra. Por algo era quien era.
- Dame un motivo, una sola razón por la que volver...
Tomo mi mano, y me llevo a una ventana. Miré hacia abajo y vi mi casa, mi familia. Todos estaban llorando, mis hijos, Juan, y un montón de gente más que al principio no reconocí. Compañeros de trabajo, amigos, vecinos, clientes... Lo miré y le dije : eso no es suficiente. Llorarán un día o dos, en el mejor de los casos algunos de ellos, tal vez mi familia un poco más. Luego retomarán su vida, y seguirán sin mí.
El me miró enojado. No esperaba esta resistencia de mi parte.
Al darme vuelta me encontré con ellos. Esto si que no me lo esperaba. Fui corriendo y los abracé como hacía tiempo necesitaba hacerlo. Mis padres me acariciaron la cabeza, el rostro, unas sonrisas tristes apenas los iluminaban.
¿Qué pasa?– pregunté. ¿No están contentos de verme?
Claro que nos alegra verte dijeron, pero no debieras estar acá. No todavía.
Ellos te necesitan.
Esas palabras quedaron revoloteando en el aire, como mariposas fugaces. Ellos te necesitan. Ellos te necesitan. Ellos te necesitan. Las lágrimas anegaron mis pupilas, ya no fui capaz de seguir negándolo. Aún me queda mucho por hacer.
Abracé a mis padres por última vez, sabiendo que los volvería a encontrar algún día, cuando llegara el momento.
Me despertó Juan haciéndome cosquillas con su incipiente barba de un día. Cuando abrí los ojos me miró preocupado.
Secó una lágrima que caía por mi cara, una de muchas...
- ¿ Qué pasa amor?
- Nada, estoy bien. En mi cabeza retumbaban palabras que no comprendí : ellos te necesitan...

lunes, 7 de julio de 2014

Una silla vacía

Se sienta todos los días frente a la ventana. No le importa lo que dicen.  Pasan las horas, los días, las semanas. No habla. Cada tanto intentan disuadirla. Ella sigue firme. A veces asiente y hasta sonríe. Sospechan que no es a ellos. Ella lo espera.
- Sara tu hijo está muerto. No va a volver. Ella permanece inmóvil.
- Mamá por favor… Tenés que continuar con tu vida. Ya pasaron meses desde que lo mataron...
Sara puede hablar. Mas no lo hace. No quiere. Todas sus palabras se las llevó Itzik. No hay gritos de angustia. Hay un llanto que sólo escucha dentro suyo. Nadie ve sus lágrimas. Nadie. Su dolor sacude sus entrañas, se desparrama por sus venas, aúlla en silencio. Carcome. Aplasta. Gruñe. Asfixia.
Pasan los meses y Sara permanece sentada frente a la ventana. Ya se acostumbraron a verla allí. Ya no intentan disuadirla.
A veces revive en su mente los últimos momentos de su hijo, siente su angustia, palpa su miedo. Cose los retazos con lo que le contaron que sucedió. Una muerte porque  si, una letanía de odios, una guerra sin fin.
Otras, ve aparecer a su hijo por la ventana, sonriendo, cantando antes de llegar a casa...
Un día Sara desapareció, la silla vacía frente a la ventana, las cortinas bailando con la suave brisa. Nadie sabe donde está. Algunos sospechan que se encontró con su hijo, en otro lugar, en otro espacio, en otro tiempo, justo allí, donde el odio, la muerte y la guerra no tienen cabida.


lunes, 30 de junio de 2014

Contra la corriente

Fue un viaje largo. El lugar donde nos trajeron es oscuro. No me gusta. Prefiero el aire libre. No tengo con quién hablar. Ellos creen que soy un inadaptado. Que voy contra mi naturaleza. Me importa poco lo que piensan. Tiene que haber otros como yo, que quieran rebelarse, aún a costa de nuestra propia vida. Nacimos para matar, para destruir, para hacer el mal. Cuanto más daño hagamos más nos valoran. Estamos en este sótano apilados: rifles, escopetas, granadas, revólveres...Hay cientos, miles... Perdí la cuenta. Somos muy valiosos, nos tratan con cuidado. Aún así yo no nací para esto. Vaya a saber qué material hay en mí que me hace rebelde, navego contra la corriente, con la esperanza que haya otros como yo, sólo no puedo hacer mucho. Intento correr la voz, que nos alcemos contra este destino cruel, que no sigamos destruyendo.
¡Ayuda!-
Nadie me responde. Están acostumbrados a mis reclamos, a mis lamentos...
De pronto alguien me toca, siento una tibieza inesperada. Una dulce voz me encara.
- Me costó mucho llegar hasta aquí, estaba en otro cargamento, escuché de vos y no paré hasta encontrarte. Tu pedido de ayuda terminó de ubicarme. Miré hacia atrás y vi a la escopeta más sexy que jamás haya conocido. Sus formas eran fantásticas, con curvas aerodinámicas y un color especial.
Hablamos en susurros para que nadie nos delatara. Me contó que hace unos meses mató a unos jóvenes y eso la hizo reflexionar. Estaba totalmente de acuerdo conmigo que había que terminar con esta guerra absurda.
Quedamos en encontrarnos más tarde cuando todos durmieran. Fue imposible. A medianoche vinieron a buscarnos. Miles de hombres nos cargaron y comenzaron a usarnos. No supe más nada de ella. Muertes, humo y pólvora es lo último que recuerdo. Cuando desperté ella estaba a mi lado. El sol calentaba mi cuerpo y me sentía liviano.
-¿Dónde estoy? pregunté con una voz que no reconocí como propia.
Estamos a salvo me contestó. Y volví a dormirme.

miércoles, 25 de junio de 2014

Adiós amor...

                                                                       
 Buenos Aires, 17 de junio de 2014

Querido Andrés:
                              Sé que cuando recibas estas líneas estarás a miles de kilometros, preparándote y organizando tu nueva vida, tan lejos mio. Mi carta te sorprenderá mucho. Prometo ser breve, conozco de sobra cuánto valor le das al tiempo.
Si pudiera odiar, te odiaria. Odio que no me ames, que nunca te hayas fijado en mi. Odiar me deja sin energías, por eso elijo otro camino, más sútil y mucho más efectivo. Desde el momento que anunciaste tu traslado a las oficinas de Tokyo, hace cinco meses, incluí en tu café de cada mañana pequeñas dosis de un preparado muy efectivo, no deja ningún rastro, mientras hace su trabajo. Muy pronto comenzarás a sentir los síntomas sin que puedas hacer nada, no existe antídoto en el mundo. Odio el odio y odio a los que odian, habiendo caminos mucho más fáciles y discretos. Nunca existí para vos, una secretaria gris e invisible, un ser que opacaste con tu luz. Te conformaste con mi eficiencia, no pudiste ver más allá, no reparaste en la mujer apasionada  que escondida tras las gafas y un atuendo recatado clamaba por tu amor.  Creeme que lo siento.

     Nos reencontraremos en el infierno,
                                                                      siempre tuya
                                                                                                 Gladys

lunes, 16 de junio de 2014

Reflejo

Tomé el té con leche y la vi. Estaba ahí, en el fondo. Me miraba con los ojos muy abiertos. Comencé a mover mis cejas y ella repetía mi gesto. No podía alejarme, porque entonces desaparecía. Estaba atrapada. Mi mamá me dijo algo pero no la escuché. Seguía mirando fijamente esa cara que a su vez me miraba. No se cuanto tiempo pasó. Mi madre pegó un grito que me hizo sacudir la taza y mancharme la blusa.
¿ Siempre lo mismo con vos? ¡Andá a cambiarte que vas a llegar tarde a la escuela!
Me agarró del brazo. Yo seguía aferrada a mi té. Forcejeamos y la taza cayó al suelo haciendose añicos. Ella desapareció para siempre.
- ¡La mataste! ¡Nunca te lo voy a perdonar! grité.
Mi mamá me miró sin entender. Luego sonrió. Me fui a mi cuarto ofendida.
Cuando volví a la cocina una nueva taza de humeante té me esperaba en la mesa. Corrí hacia ella y la vi.¡Era la misma!  Abracé a mi mamá agradeciéndole en silencio por haberla salvado.