jueves, 12 de julio de 2012

Tu y yo, nada más...




Tus besos

dibujan caminos

húmedos

cálidos

huellas de pasión

encendida.



Tus caricias

recorren

mis secretos

por ti

descubiertos.



Tu piel

abraza la mía

en un íntimo

lenguaje.



Tu amor

me envuelve

me completa.



Tu y yo

nada más.



Imagen:  Enamorados - Gisela Olivares Roggenbuck
 

jueves, 5 de julio de 2012

Mi abuela Clara


Mi abuela Clara era una mujer muy hermosa. De pelo negro, piel blanca, ojos oscuros, boca sensual. Nunca pasaba desapercibida. Una noche fue invitada a un evento, y allí conoció a una pareja, con la cual inmediatamente congeniaron. Prometieron seguir en contacto. Y así lo hicieron.

Aldana era una mujer simpática, medianamente atractiva, casada con un hombre unos años mayor. Nadie podía descubrir sus poderes a simple vista, ni siquiera conociéndola un poco más. Ella se encargaba de eso. En las noches, vestida con largas túnicas negras  y un gran turbante fucsia, invocaba espíritus, hablaba con los muertos, embrujaba, transformaba, hechizaba y amargaba la vida de cualquier mortal que a su criterio lo mereciera.
Su soberbia la sumía en un mundo autoritario donde su palabra era la única verdad. No aceptaba que nadie la contradijera ni pensara diferente. Su marido, Artemio, se había acostumbrado a su carácter dominante, y la seguía en todo para evitar discusiones. Él ni siquiera imaginaba que esta sumisión provenía de los embrujos de su mujer. Ignoraba por completo las artes oscuras que se producían en el hogar.

Una tarde Clara fue invitada a la casa de sus nuevos amigos. Estaba emocionada, y feliz. El matrimonio le parecía cálido, sencillo, desinteresado y encontró en ellos un refugio. Estas visitas se hicieron frecuentes, allí siempre había oídos atentos, comprensivos. Aldana apreciaba sinceramente a Clara, pero como única dueña de la verdad disentían en múltiples ocasiones. No quería lastimar a su protegida, pero de alguna manera debía hacerla reaccionar, entender...
Clara comenzó a sufrir frecuentes e intensos dolores de cabeza. Tras numerosos y arduos  estudios nunca pudieron encontrar el motivo.

Cuando conoció a Alberto inmediatamente quiso llevarlo a que conociera a Aldana y Artemio, que se habían convertido para ella en un pilar irremplazable. Se sorprendió cuando Aldana le dijo que Alberto no era para ella, Clara le dijo que se sentía muy a gusto con él, y estaba dispuesta a darle una oportunidad. Durante los siguientes meses la relación con Alberto se hizo más profunda. Ambos estaban muy enamorados.
- Clara tenés que hacerme caso. Hay muchos hombres mejores y...
- Créeme que hago un esfuerzo por entenderte pero no lo consigo, Alberto es trabajador, honesto, me quiere, ¿qué más puedo pedir? –la interrumpió Clara.
Últimamente las discusiones con Aldana eran diarias, la hacían sentirse desdichada, y hasta desagradecida para con el matrimonio que le había abierto las puertas de su casa, y la trataban como a una hija. Los dolores de cabeza incrementaban su desasosiego.
Dejó de frecuentarlos, como una forma de preservar su salud física y mental.
Pasadas unas pocas semanas no dudó en llamarlos a pesar de la hora inadecuada. Alberto acababa de tener un accidente y agonizaba. Se presentaron en el hospital, olvidando las discusiones y los desentendimientos del último tiempo. Allí estuvieron para Clara, sosteniéndola, apoyándola. Unas horas más tarde Alberto murió, nada pudieron hacer para salvarlo.


Clara se sumió en una profunda tristeza. Se sentía afortunada de tener a su lado a Aldana y Artemio, que la mimaban y no la dejaban sola con su dolor.
El tiempo pasó, Clara nunca olvidó a Alberto, ni siquiera cuando le presentaron  a Gerardo, un hombre que Aldana había insistido que conociera.
Gerardo adivinaba sus deseos, aun antes de pronunciarlos,  la consentía en todo, era amable, servicial, quizás demasiado para su gusto. No había emoción en su vida, todo era demasiado pulcro, medido, predecible...
Nuevamente comenzaron las discusiones con Aldana, quien quería convencerla a toda costa que Gerardo era el hombre que le convenía.
A pesar de su insistencia, no lo  logró, y Gerardo se fue de su vida sin dejar un espacio para extrañarlo. Clara a los pocos días enfermó, sin encontrar los médicos una causa. Y aunque Aldana insistía que el motivo era su separación de Gerardo, Clara sabía con seguridad que no era así, mas no tenía fuerzas para discutir. Se sentía débil, vulnerable...
En su trabajo conoció a Demián, un nuevo empleado que aceleraba los latidos de su corazón. Aldana se enfureció al enterarse. Una fuerte y repentina lluvia azotó la ciudad. Un temporal absolutamente inusual en esa época del año.
Clara se sentía abrumada, comenzó a creer que lo mejor era alejarse de Aldana y Artemio, que si bien eran como su familia, las terribles discusiones con la mujer eran un precio demasiado caro. Al tomar esta decisión un dolor de cabeza repentino la dominó. Entre la neblina de sufrimiento, puntadas de certezas fueron aclarando su mente y mi abuela comprendió casi como una revelación que Aldana era la artífice de sus pesares. Le costaba creerlo, pero a medida que lo pensaba con más detenimiento comprendió que estaba en lo cierto. Antes de conocerlos era una muchacha feliz.
Se sentía presa  entre barrotes de impunidad, dominada por una fuerza superior y egoísta. No sabía cómo saldría de esto.
Demián se apareció de improviso en su casa, al verla en ese estado, se preocupó. No le quedó más remedio que contarle todas sus suposiciones que eran verdades. Para su sorpresa, Demián no se rió ni burló. Pareció tomar muy en serio sus palabras. Mas durante una semana completa no escuchó de él, ni siquiera fue a trabajar.
Extrañamente comenzó a sentirse mejor, relajada, los dolores de cabeza comenzaron a desaparecer hasta mermar por completo. Cuando Demián se presentó en su casa ya había tomado una decisión, demasiada  brujería había tenido en su vida. Le agradeció sin mediar palabra, y sus caminos tomaron rumbos diferentes.
Unos meses después mi abuela conoció a mi abuelo. Al tiempo se enteró de la misteriosa muerte de Aldana, así supo que su pesadilla había concluido.

Imagen:Bernadette Schilder- Toscana


lunes, 2 de julio de 2012

A la hora del almuerzo

A la hora del almuerzo, tras calentar la comida traída desde su casa, se sentó Mary como todos los días en el cuarto pequeño y sofocante. A los pocos minutos una mano pequeña y pegajosa tocó su rodilla, al tiempo que escuchaba: -" tengo miedo". Si no hubiera distinguido claramente las palabras hubiera confundido el sonido con el aullido de un gato.


Tras saltar en la silla, la empujó para atrás y se agachó para mirar debajo de la mesa. Unos enormes y asustados ojos negros salpicados de súplica la estaban mirando.

Levantó a la niña, que no debía tener más de cuatro o cinco años. Inmediatamente un gran manto de ternura las envolvió a las dos, sentimiento hasta ahora desconocido por ambas.

En la oficina se armó un gran revuelo al ver a Mary con la niña en brazos, todas se peleaban para alzarla, pero ninguna de las dos quería separarse de la otra. Comenzaron los rumores inmediatamente, Mary trajo a su hija al trabajo, se casó en secreto, el marido las dejó en la miseria. Parecía un concurso literario, ya que se tejían las historias más fantásticas, derrochando imaginación.

Mary no podía darse el lujo de perder el trabajo, así que se dirigió a la oficina del jefe, un hombre imponente por su gran tamaño y gesto adusto. Golpeó débilmente la puerta esperando la orden para entrar. Con timidez le pidió permiso para retirarse ya que le había surgido un problema personal que no podía dilatar. Asombrosamente (o no tanto) el jefe estaba de buen humor (Katy, la de Contabilidad, había accedido a salir con él)

- Podes salir, dijo, mostrando una sonrisa de dientes manchados de nicotina, hasta podes tomarte unos días, agregó con una voz melosa mientras se imaginaba acostado con Katy.

Mary no podía creer su buena suerte, evidentemente su jefe tenía un buen día, jamás la había tratado con tanta consideración. Mejor no decir nada y aprovechar su buena estrella.

Si escuchaba a la razón debía ir a la policía, pero Mary tenía la mala costumbre de oír a su corazón así que se dirigió directamente a su casa con la criatura abrazada a su pecho. Una vez allí, después de darle de comer, se dispuso a bañarla mientras pensaba mentalmente que ropa le pondría. Su corazón se encogió al ver el cuerpito hambriento, plagado de marcas azul verdosas que marcaban un mapa de maltrato. Trató de no llorar, para no angustiarla mientras llenaba una bañera con espuma, ante los maravillados ojos de la nena.

- Como te llamás?

- Sary -dijo con una sonrisa.

La nena se quedó dormida en su cama, vestida con una remera rosa de Mary que le quedó como un vestido. Mary comenzó a dar vueltas en la habitación, con una cabeza mareada de ideas.

Tras mucho pensar llamó a su amiga Gaby, quien tenía contactos y sabría qué hacer. Después de enojarse por la imprudencia, se dispuso a ayudarla, como era de esperar.

Gaby conocía abogados, asistentes sociales, quienes se conmovieron con la historia, y mucho más aún al conocer a Sary, pero todos coincidían en que se trataba de un delito, y lo más conveniente era ir a la policía. Rodeada de una comitiva de amigas, más las amigas de las amigas, Mary y Sary se presentaron en la comisaría. Allí un oficial simpático, les dijo que esperaran.

Tras presentar su caso, buscaron inmediatamente en los registros denuncias de chicos desparecidos, para poder ubicar a los familiares. Grande fue la sorpresa de todos al no encontrar ninguna que se ajustara a la descripción de Sary. Por lo tanto, al juez de turno no le quedó más remedio que otorgarle la custodia provisoria a Mary. Hubieron trámites engorrosos, interminables, incluso aparecieron los padres de Sary, en estado deplorable, tras recuperarse apenas de su borrachera, reclamando a Sary. Mary temblaba ante la posibilidad de perder a Sary, pero mucho más de entregársela a esos monstruos que habían maltratado y descuidado a su propia hija.

Finalmente, después de un tiempo que pareció eterno, Mary se convirtió en la madre oficial de Sary, uniendo dos caminos paralelos con un puente que el destino se encargó de construir para ambas.

Imagen : The kiss- Gioia Albano

lunes, 25 de junio de 2012

Destinos cruzados

Este mes en el proyecto Adictos a la escritura se propuso escribir un relato con dos personajes adjudicados al azar. A mi me tocó un barrendero y un naufrago. Y esta es mi historia.
Los rayos de sol acariciaron su rostro. Abrió los ojos sin entender donde estaba. Le tardó unos instantes comprenderlo. Se puso de pie dificultosamente. Se miró las manos, el cuerpo, las piernas. Estaba vivo. Sucio, con la ropa hecha jirones,con hambre y sed, pero vivo.

Comenzó a caminar, sin rumbo, pensando que hacer, a quien pedir ayuda, pero parecía un lugar desierto. No se veían signos de humanidad alguna.
No es como en las películas, dijo sorprendiéndose de la aspereza de su voz.
Caminó largo rato, al final prácticamente se arrastraba... Se renovaron apenas las fuerzas al divisar cierto movimiento unos metros adelante.
Había gente, vestida con simpleza, al punto de que sus harapos pasaron desapercibidos. A nadie llamó la atención aquel hombre que se acercaba.
- Por favor, necesito ayuda. Mi barco se hundió y...
El hombre lo miró extrañado, no comprendía ni una palabra de ese blanco tan harapiento como él.
El naufrago comprendió que no hablaban español. Intentó descifrar su idioma, mas parecía un dialecto. Estaba perdido. No veía la salida. Se sentó en una esquina, mientras escuálidos perros se acercaban a husmearlo. No podría precisar cuánto tiempo pasó, pero estaba oscureciendo cuando un hombre con un carrito improvisado y una escoba de paja pasó a su lado. Por un extraño impulso se puso de pie y le habló. Para su sorpresa el hombre le contestó y lo llevó con él a su casa. En realidad casa es una forma de decir, un cubículo con paredes de cartón y techo de paja. Al entrar cinco niños corrieron a abrazarlo. La mayor, de unos trece años tenía un bebe en brazos de unos dos años, tal vez menos. Todos eran flacos, piel oscura, ojos como carbones y una sonrisa tímida dibujada en el rostro.
Su padre sacó un paquete, envuelto en papel de diario, lo abrió con parsimonia mientras sus hijos lo miraban expectantes... Les dijo algo que no entendió mas inmediatamente cinco pares de ojos miraron al naufrago con recelo. Se sentaron en el suelo y esperaron a que su padre les repartiera algunos manjares, esta vez había huesos de pollo que chuparon con frenesí, algunos fideos con tuco y media manzana mordida.
Rogelio Echeverría recibió un mendrugo de pan, y una alita de pollo. No recordaba haber disfrutado tanto una comida. De la nada aparecieron unos vasos de metal con agua que sabia a tierra pero que bebió gustoso.
- Mi nombre es Vadunko y vivo en este sitio desde pequeño. Mi madre era española, y  vino engañada...
En realidad no tiene importancia, cuéntame tu.
- Salí con mi barco, no me acuerdo ni cuando, no sé ni que día es hoy. Recuerdo que hubo una tormenta muy fuerte, el mar estaba descontrolado. No sé muy bien lo que paso y llegue a la costa. Necesito ponerme en contacto con mi familia...
- Eso es un poco difícil, acá no hay teléfonos, y los pocos que hay son locales.
Rogelio lo miró incrédulo, parecía el guión de una mala película. No podía estar pasándole esto a él.
Vadunko se ganaba la vida como barrendero, caminaba diez kilómetros diariamente ida y vuelta para llegar al barrio de la gente más acomodada del lugar. Mucha gente lo conocía y le preparaban en bolsas las sobras del día. De ese modo alimentaba a su numerosa familia. 
- Vadunko necesito que me ayudes, tengo que regresar a mi casa, a mis negocios...
Por más buena voluntad que puso Vadunko, Rogelio regresó a su país después de siete largos años, cuando hubo juntado el dinero para comprar el pasaje. Nunca olvidaría la historia del naufrago y el barrendero, ya que la contó infinidad de veces, pese al escepticismo de sus interlocutores.
Meses después de su partida Vadunko recibió un paquete enorme en su choza. Después de todo Rogelio Echeverría era un hombre de palabra.

domingo, 17 de junio de 2012

El último transplante

Llegó al consultorio el jueves a última hora. Una mujer rondando los treinta, vestida con jeans y una remera de tonos violáceos, que empalidecía aún más su rostro. Al encontrarme con sus ojos sentí una punzada en el pecho, de tanto dolor que reflejaban.


La invité a tomar asiento y conversamos mucho, más de lo usual. Tanto que Aída golpeó la puerta lamentándose por interrumpir, pero apurada por irse despues de concluir su trabajo. Recien ahi me di cuenta de la hora. Tuve el impulso, por un instante,un levísimo instante de invitar a mi paciente a cenar pero me contuve.

Lamentablemente ambos sabíamos que no había mucho por hacer, las cartas estaban echadas. La única opción era un transplante, pero aún eso era una leve esperanza. En mis años como médico cirujano especialista en transplantes había visto la muerte demasiadas veces. La impotencia de perder una vida siempre te deja un sabor amargo, no por conocido duele menos. Existen esos casos en los cuales uno se involucra más, simpatiza con el paciente. Sin embargo, jamás me había pasado lo que sucedió con Clara. Desde el primer instante que la vi sentí un batir de alas en mi interior, esa sonrisa triste me conmovía más alla de lo racionalmente explicable. Nos encontramos varias veces, para revisar analisis, posibles fechas, donantes, compatibilidades... Y cada encuentro nos unía más, como si algun hechizo hubiera conectado nuestras almas. Nunca hablamos de otro tema que no fuera el tratamiento, aún asi nuestros ojos decían todo lo que no nos animábamos a poner en palabras. Un dia se rozaron nuestras manos y todo mi cuerpo se estremeció.

Alicia adjudicaba mi frialdad y alejamiento a demasiado trabajo. Insistía en que debíamos hacer un viaje.

Despues de dos meses apareció un posible donante, todo sucedió rápido. Estaba muy nervioso, hasta pensé en derivar la operación en un colega. Estaba demasiado involucrado y no sabía si sería capaz. Lo más honesto me pareció hablarlo con Clara, temía que me preguntara el motivo, aún asi lo hice en mi ronda de visita. Clara me miró con esos ojos que había aprendido a amar tanto y me dijo:

- Solo en tus manos pongo mi vida. No te sientas presionado, lo que tenga que ser será. Y nadie va a poner más empeño en salvarme que vos.

La mire haciendo un gran esfuerzo por no llorar, las enfermeras nos miraban y no podía permitirme estar en boca de todo el hospital. Asi que guardé mi amor en el bolsillo y seguí con las visitas médicas. Antes de salir de la habitación me giré para mirar a Clara y le dije te amo sin hablar. Ella me sonrió.

A las nueve estaba todo listo. La sala de operaciones de pronto me pareció demasiado pequeña, sofocante, me transpiraban las manos a pesar del frío. Tuve que tirar dos pares de guantes. Antes de que le aplicaran la anestesia me acerqué a Clara, desaparecieron de mi alrededor las enfermeras, el anestesista, el medico ayudante , solo existíamos Clara y yo, quise decirle tantas cosas que las palabras se atoraron todas juntas sin poder salir. El anestesista volvió a aparecer ante mi preguntándome si podía aplicar la anestesia, asentí mirando todo el tiempo a Clara, incapaz de emitir palabra.

Al principio todo fue bien, pero en la mitad de la intervención comenzó a complicarse, Clara estaba muy debilitada y su cuerpo no estaba resistiendo. Sabíamos que esto podía pasar , mas estaba aferrado a la idea de salvarla, de darle otra oportunidad que la vida se empeñaba en negarle.Por un instante sentí la mano de Clara acariciar la mía. Sabía que esto era absolutamente imposible, pero hubiera jurado que... Tuvieron que ayudarme a salir de la sala de operaciones., incapaz de resignarme a perderla, mi cuerpo dejó de responderme.

Nadie jamás entendió porque el prestigioso y prometedor especialista de transplantes Julio Noruega dejó su profesión de repente, y de manera indeclinable.

miércoles, 13 de junio de 2012

Nueve años

Respiro tu ausencia

que me sabe a tristeza,

huerfána

del cariño que solo vos

podías darme.



Nueve años

que viajaron montados

en suspiros,

 lágrimas

silentes.



Me hace falta

tu abrazo tierno

tu palabra justa

tu sabiduría innata

tu mano apretando la mía.



Tu imagen congelada

en cartón

refleja otros días

perdidos en el tiempo.



Nueve años

papá

que no te tengo

el vacío

insolente

ocupa cada momento.



lunes, 11 de junio de 2012

Vuelo

Zambullirme

en tus brazos,

descansar en tu hombro

sentir que todo es posible.

Estamos juntos.



Empaparme de tu piel

la lluvia acariciando

mi alma

sumergirme en tu ser

navegando en tus sueños.



Derribar fantasmas

acallar los miedos

emprender el vuelo

lejos,

alli

donde nos lleve el viento.


Imagen: Vuelo del cóndor- María del Carmen Aguilar Farfan

miércoles, 6 de junio de 2012

El loco Félix

Todos dicen que estoy loco. Hasta me llaman "el loco Félix". Yo me río, porque creo que los locos son ellos, ustedes, todos esos que se llaman normales.


Hace muchos años atrás, tantos que ya ni me acuerdo, yo vivía amargado. Vestía de traje y corbata , me levantaba temprano para ir a trabajar, veía a otros sujetos tan o más amargados que yo. Volvía a casa agotado, para encontrarme con la cara de mi mujer, amargada, porque la plata no alcanzaba y había miles de cuentas que pagar.

Todo eso quedó atrás, hoy no tengo deudas que abonar, tampoco tengo plata, debo reconocer, pero lo poco que tengo me sirve para darme algún gustito y como lo disfruto! No como esos pitucones, que van a restaurantes caros, acompañados de mujeres despampanantes pero viven amargados tratando de hacer más plata. Para qué? Si al final no disfrutan nada, porque siempre quieren más y más...

Voy por la vida sonriendo, cuando me ven asi , feliz, me llaman loco, porque no me entienden. Como saben que yo soy el loco y  no ustedes ? Tal vez es al revés, todos usteden están locos y yo soy el único normal. Porque yo disfruto de la vida, me rio a carcajadas todos los días, me detengo a mirar el vuelo de los pájaros, a jugar con los gatos y perros callejeros que ustedes algún día abandonaron, a leer lo que encuentro disfrutando la calidez de los rayos del sol, me siento a comer al aire libre, me embeleso con la naturaleza... Cuantos de ustedes los normales pueden decir lo mismo?

Una tarde hace muchos años, tantos que ya ni me acuerdo, al regresar a casa y escuchar a mi mujer quejarse por que la plata no alcanzaba, comencé a tirarme de los pelos, tomé todas las boletas impagas que estaban arriba de la mesa y las lancé por la ventana, luego grité hasta que no tuve voz, y asi llegaron a la conclusión que me había vuelto loco. Tuve varias revisaciones médicas, donde me hacían preguntas idiotas a las cuales yo contestaba , sin excepción, con una sonrisa. Por eso confirmaron el diagnóstico. Este hombre se volvió loco, el stress, las exigencias laborales , y bla bla bla alteraron su visión de la realidad, bla bla bla

Están seguros que estoy loco? Aprendí a disfrutar de cada cosa, por más pequeña que sea, y soy feliz, absoluta y totalmente feliz. Y vos?

lunes, 4 de junio de 2012

Tibias esperanzas




No encuentro las palabras

que alivien mi tristeza

lágrimas tercas

acuden insistentes.



No encuentro la alegría

que un día perdí

oscuros nubarrones

opacan mi cielo.



No encuentro la llave

que abra las puertas

mas tibias esperanzas

se cuelan

aladas

por la ventana abierta.


Imagen: Enlaces de fuego (2009) Miguel Nicoletti


lunes, 28 de mayo de 2012

Analia y el sol

Este es mi trabajo para el proyecto del mes Adictos a la escritura. La consigna es escribir un relato basado en una imagen , que se repartió por parejas.



Analía era una muchacha alegre y feliz. De pequeña soñaba con ser madre. Siendo hija única había recibido mucho  amor y cuidado, además de una gran atención de sus padres que veían en ella el sol que iluminaba sus días. Ella también quería un sol para mimar y cuidar, en realidad, muchos soles. Su infancia y adolescencia la pasó en el campo, rodeada de caballos y perros, que eran sus únicos amigos.
Conoció a Osvaldo mientras estaba de paseo en la ciudad.  En ese momento sintió que el corazón se le salía del pecho, era el hombre con el cual siempre había soñado, atento, cortés, sincero… Y lo más importante la amaba con locura, como ella a él. El padre perfecto para sus hijos. Volvieron juntos al campo, donde se instalaron a vivir su amor. Cuando le contó su sueño de ser madre él estuvo de acuerdo. Comenzaron a imaginar  un hogar, hijos, muchos hijos….  ¡Hasta eligieron sus nombres!  Osvaldo sonreía con el entusiasmo de Analía, y esta no podía sentirse más feliz.
Con el paso del tiempo, y sin poder concretar su sueño Analía comenzó a retraerse, a aislarse. No entendía que podía estar mal, toda su vida había soñado con el momento de ser madre. Osvaldo comenzó a preocuparse al ver a su mujer tan deprimida. Pasaba muchos momentos sola, ensimismada, acariciando un vientre vacio. Osvaldo le traía libros, revistas para distraerla. Así Analia se enteró de nuevos métodos, comenzó a interesarse por  recomendaciones médicas, consejos de vecinas, nuevas posturas, remedios caseros… Probó todo, y Osvaldo la acompañó en cada una de sus nuevas propuestas, con paciencia, devoción y la esperanza de volver a tener a la Analía alegre de antes. Pero nada surtió efecto, hasta que decidieron viajar a la Capital, a ver un especialista que le recomendaron. Les hicieron mil y un estudios. No parecía haber nada anormal. Siguieron intentando sin resultado alguno. Cada vez Analía se sumia en una nueva tristeza, por las noches se levantaba a acunar a su bebe, a cantar canciones de cuna, quedándose dormida abrazada a un almohadón.
Al tiempo, recibieron una carta del médico que habían visitado, citándolos para la siguiente semana. Estaban ansiosos, esperanzados. Tal vez habían descubierto que estaba mal, estaban dispuestos a someterse al tratamiento que fuera necesario. Y si era costoso, pedirían un préstamo y si…
Por favor tomen asiento, dijo el médico. Su rostro no anticipaba nada bueno pensó Analía.
Hemos estado estudiando su caso, analizado pruebas y exámenes varios. Nunca encontramos el motivo por el cual no podes quedar embarazada Analía. Hasta la semana pasada.
El rostro de Analía se iluminó para apagarse inmediatamente al ver el semblante serio del doctor.
Hemos descubierto que no puedes tener hijos porque…
Analía no quiso seguir escuchando, se levantó y salió del consultorio. Osvaldo la siguió, intentando contenerla. Pero ella no lo oía ni lo veía, todo el mundo se desvaneció ante sus ojos. Se acurrucó en un escalón a arrullar a su bebe. Nadie podía entenderla. Todos sus soles se habían apagado.

martes, 22 de mayo de 2012

Sonrisas de ayer


Busco tu sonrisa

en fotografías viejas,

caricias del pasado

que hoy me ignoran.

Busco tu dulzura

en mi pecho guardada

temo que se desvanezca

con el paso del tiempo.

Eras un sol ayer

iluminándolo todo

hoy eres silencio

que duele en la piel...

Dejo ir el pasado

con sus alas extendidas

mas te espero,

en mi presente

si es que quieres,

si es que vuelves...


Imagen: Mujer mirando la luna- Victoria Sheridan



jueves, 17 de mayo de 2012

Palabras


Palabras que dicen
Palabras que callan
Palabras que ocultan
Palabras que mienten
Palabras que vuelan
Palabras que matan.

Palabras claras
Palabras puras
Palabras raras
Palabras asustadas.

Palabras dulces
Palabras sueltas
Palabras santas
Palabras ruines.

Palabras, palabras, palabras,
palabras que dicen todo,
palabras
 que no dicen nada.

jueves, 10 de mayo de 2012

Sin inspiración


Solo vos y yo.
Me miras esperando
mis palabras,
te miro
clamando inspiración.
Es tanto y tan mío,
es dolor y es miedo
son lágrimas que fluyen
angustia que rasguña,
fuerzas traidoras que se esfuman…
Quiero gritar
y no puedo,
me ahogo en mi propio silencio.
Solo vos
estás aquí
esperando que  dibuje
garabatos que me alivien.
Solo yo
estoy aquí
escribiendo estas líneas
que vivirán más allá del tiempo
y de mi misma…


Imagen: Mila Hajjar
Italia - USA
"Esperando la inspiración"

martes, 8 de mayo de 2012

El vestido


Todas hablaban al mismo tiempo. Reían. Eran felices. Contaban ilusionadas lo que cada una llevaría puesto, describían zapatos y accesorios. Yo las miraba un tanto alejada. Ellas no me veían y yo prefería el anonimato.  El baile de fin de curso era en una semana. Los chicos en el patio se mantenían ajenos al alboroto.
Alguien puso una mano sobre mi hombro. Me sobresalté, de tan ensimismada en mis pensamientos que estaba. Levanté  la mirada y me encontré con los ojos de Gladys, mi maestra. Ella me tomó de la mano y me llevó aparte. Me pidió que a la tarde fuera a su casa. Estaba intrigada. Y fui. Allí me esperaba con su gran cálida sonrisa. No dijo palabra, me condujo a una gran habitación, y justo en el medio, en un perchero, colgaba un hermoso vestido de fiesta.
Es un poco antiguo-  me dijo Gladys, pero es tuyo si lo querés. La miré perpleja y la abracé llorando. Tiene su historia, continuó diciendo, y realmente me gustaría que lo usaras. Me haría muy feliz. Cuando tenía tu edad, para el baile de fin de curso, mi padre no tenía plata para comprarme un vestido. Mi madre había fallecido cuando yo tenía dos años. Ni siquiera se lo mencioné a mi papá porque sabía que lo pondría muy triste. Así que unos meses antes, a la salida de la escuela, comencé a trabajar, para juntar plata. Volvía a casa agotada, me quedaba dormida en clase y mis notas se rebelaron. La maestra citó a mi papá. Nunca le conté la verdad, pero de alguna manera lo averiguó. Pocos días antes del baile, comprobé que la plata que había juntado no me alcanzaba para comprar ni los botones. Lloré en mi habitación toda la noche. Mi papá seguía sin decir palabra. Todas mis amigas estaban emocionadas, no hablaban de otra cosa. Al regresar esa tarde del colegio, arriba de mi cama, encontré un paquete. Me probé entre lágrimas un hermoso vestido, que abrazó mi piel. Este vestido. Tu vestido.

Cuando llegué al baile, muchas miradas se posaron sobre mí, risitas, cuchicheos y codazos eran apenas disimulados.
Andrés se acercó y me invitó a bailar. Me sentí en las nubes, nada me importaba, todo a mí alrededor desapareció… 

jueves, 3 de mayo de 2012

Una mirada


Como siempre apurada alcancé el tren, segundos antes de la partida. Encontré un asiento libre y aterricé en él con todos mis bártulos. Cuando terminé de acomodarme presté atención al hombre que tenía sentado frente a mí. Me estaba mirando. Fijo. Casi no parpadeaba. Pensé que en mi apuro había descuidado algo de mi aspecto. Me pasé la mano por el pelo, tratando de acomodar mis mechas revolucionadas. Nada. Seguía mirándome. Me miré el atuendo, todo estaba en su sitio. Seguía observándome. Me sentía incómoda. No era correcto preguntarle nada. Le enfrenté la mirada en un intento de hacerle ver que me molestaba. Ni se inmutó.
Tenía unos treinta años, pelo muy corto, oscuro, ojos penetrantes, tristes. Estaba afeitado y pulcramente vestido. Pinta de sátiro no tiene me dije en un intento de darme ánimo.
Le sonreí. No pareció importarle. Seguía inmóvil, tieso, mirándome. Intenté mirar por la ventana, y por el rabillo del ojo espiarlo. No dejo un sólo instante de mirarme, ni uno sólo. ¿Se habrá enamorado de mí? ¿Estará pensando como declararme su súbito amor? No, no es posible, me hubiera sonreído, dado una señal, algo...
Saqué un libro, leí un par de líneas,  no podía concentrarme. Sus ojos me atraían como un imán. Lo espiaba escondida, amparada por las letras de James Robertson. Guardé el libro, no me servía de escudo frente a su mirada, que parecía perforarme.
Trate de recordar si esta mañana me había puesto desodorante. No tenía olor desagradable, al contrario, me había bañado y lavado la cabeza, mi aspecto era el de una chica normal, un poco distraída y apurada sí, pero nada fuera de lo común. ¿Qué le pasaba a este hombre que no me sacaba la vista de encima ni un instante? Miré a mi alrededor, nadie parecía reparar en nosotros, nadie en el tren notaba nada raro. Traté de tranquilizarme, aunque era difícil con este hombre mirándome así.
Miré el reloj, nueve y media, en diez minutos llegaría a destino. Diez minutos. Estaba alterada. Comencé con una mueca pequeña, casi imperceptible. Nada. Le saqué la lengua. Nada. Le hice mi famosa cara de mono que a mis sobrinos hace desternillar de risa. Nada. Si no fuera porque tenía los ojos abiertos pensaría que estaba dormido. Llegamos. Espere unos instantes, demorándome en agarrar mis cosas, dándole tiempo para que me dijera algo. El se puso de pie, desde algún lugar sacó su bastón, lo desplegó y se fue.

lunes, 30 de abril de 2012

Cartas de amor


Madrid, 20 de abril de 1951
Querido Antonio:
                                 Se que no debo, pero aún así no puedo evitar imaginarte, soñarte, pensarte… Cierro los ojos y veo tus dedos recorriéndome la piel, siento tus besos quemándome los labios…
Duele pensarte. Verte. No tenerte. No sentirte. Recordarte.
Cuando nos encontramos todo mi cuerpo quiere correr a refugiarse entre tus brazos, a sentarme a tu lado, acurrucada, aún en silencio, cerca tuyo, pegados. Acariciarte, besarte. Sentir nuestras almas conversando sin palabras, una comunión única de dos seres que se aman.
No entiendo las reglas del juego, ni quien reparte las cartas. No comprendo porque la suerte está echada y nada podemos hacer para cambiarla.
Me pregunto cómo seguir, y no encuentro ninguna respuesta. La sociedad tiene sus reglas, que debemos acatar aunque no las entienda. Lo sé. Ese no es consuelo alguno, al contrario es el motivo que hace hervir mi sangre.
Necesitaba que supieras que a pesar de todo te sigo soñando, pensando, amando.

                                                                                                                   Un amor que no te olvida,
                                                                                                                                      Margarita.





                                                                                                   Toledo, 10 de junio de 1951
Estimada Margarita:
Al leer tu carta, sentí tu voz emanando de la tinta, el papel cobró vida entre mis manos temblorosas.
Entiendo cada una de tus palabras, cada dolor, cada frustración. Los caminos del destino nos son incomprensibles la mayoría de las veces, no tengo las respuestas que buscas. Cuando la misma  angustia que desprenden tus palabras me envuelve también a mi  suelo pensar que debe haber  otra vida, otro espacio, otro cielo bajo el cual algún día podremos vivir nuestro amor libremente. Tal vez sea infantil, tal vez ingenuo, pero eso me permite seguir respirando.
Sigue tu vida, alma mía, que en algún lugar, algún día, nos encontraremos, y ya nada ni nadie impedirá que seamos quienes somos, dos seres que se aman, más allá de los tiempos, más allá de la vida, más allá de todo…     
                                                                                                  Tuyo,
                                                                                                                     Antonio

viernes, 27 de abril de 2012

Para mi hija Iara


Remontó vuelo tu niñez
prendida en alas de mariposa
al cielo.
El camino que recorres
tiene mis huellas marcadas
en el suelo.
Tus sueños del pasado
tantas veces de lágrimas
empañados
son días soleados hoy,
salpicados de traviesas nubes blancas.
Cascabel de sonrisas
eres grito, eres ángel
eres yo y tú misma,
hija querida,
eres llama encendida.

¡Feliz cumpleaños!

domingo, 22 de abril de 2012

Y seguirá latiendo...




Caminé por el borde del precipicio.
Indefensa.
Temerosa.
Expuesta.
Temí.
¡Cuánto temí!
Enfrenté cara a cara a mi destino.
Estoy aquí, 
otra vez de pie.
Duele el cuerpo herido
mas el corazón permanece
ileso.
A pesar de todo
seguirá latiendo.

lunes, 16 de abril de 2012

Inmenso amor


Lo veía a diario. Y su amor por el sólo crecía y crecía. Lo miraba en silencio, sabía sus movimientos, conocía sus gestos de memoria. Cuando hablaba miraba fijamente su boca, imaginaba sus labios sobre los suyos, haciéndola estremecer. Cuando le daba un documento, se quedaba inmóvil, soñando que esas manos la acariciaban a ella
Por las noches, en su casa, antes de dormir, le bastaba cerrar los ojos para verlo aparecer, sonriéndole como sólo él sabía hacerlo, hablándole con esa voz que la envolvía, extasiándola. La realidad es que cruzaban pocas palabras, las necesarias. El nunca sacaba tema de conversación fuera de lo laboral, y ella no se animaba a hacerlo.
Lo amaba tanto que ya era doloroso. Llevaba meses enteros así, suspirando por él.  Su cuerpo temblaba ante su presencia, imperceptiblemente para todos, pero no para ella. El corazón se le agitaba en el pecho, sentía el fluir de la sangre a borbotones cuando él estaba cerca.
Una tarde sus compañeros organizaron una salida para todo el personal. A la noche se encontrarían en un pub. ¡Se sentía tan feliz! Era la oportunidad que tanto tiempo había esperado. Estar con Carlos, poder charlar con él acercarse finalmente a ese hombre que le quitaba el aliento.
Se arregló y se maquilló con esmero. Se puso un vestido rojo, escotado y sexy. Estaba seguro que se fijaría en ella. Hablarían toda la noche, se reirían a carcajadas, tomarían una copa, o dos, o tres, y luego… ¿Quién sabe? Estaba excitada, ansiosa. A las diez llegó. Vio a varios de sus compañeros que  le silbaron con admiración al verla entrar, ella ni se inmutó. Buscaba con la mirada a Carlos, el lugar no estaba demasiado iluminado, mas pronto lo divisó. Estaba con Jimena de Contabilidad. Estaban apartados del grupo, tomando y riendo animadamente. Ni siquiera la miró. Sintió su corazón deshacerse en pedazos. Vivió demasiado tiempo ilusionada, y ahora su sueño se hizo añicos, así, sin previo aviso, sin anestesia. Las lágrimas fluyeron, como si una compuerta se hubiera abierto de golpe. No podía detenerlas, tampoco le importaba demasiado hacerlo.
Regresó a su casa abatida. Se acostó y cayó rendida, en un profundo sueño inquieto.
A la mañana desayunó y se vistió para ir a trabajar. No se maquilló como era su costumbre. Tomó sus cosas y salió. Al llegar a la oficina notó con pesar que Carlos aún no había llegado. No quiso pensar en el motivo de su demora. No iba a torturarse más. Era una mujer adulta y entendía que había perdido. De niña había aprendido que no siempre se puede ganar. Carlos llegó y no pudo evitar que su corazón se acelerase. Se acercó lentamente, muy seria, pero decidida. Se paró frente a él, que la miró sorprendido. Tomó el arma que tenía escondida entre su ropa  y disparó...

domingo, 15 de abril de 2012

No puedo escapar...


Miedos que acechan

 
fantasmas que acosan

 
lágrimas que caen

 
gritos silentes.

 
Palabras que no pronuncio

 
silencios que acuchillan

 
imágenes que enloquecen

 
ausencias que atormentan.


 
Preguntas sin respuestas,

 
temores que arañan

 
dolores que atenazan

 
tristeza que ahoga.


 
Horas que corren

 
implacables,

 
no puedo escapar

 
aunque quiera.




Imagen: Atrapada - Oleo de Mariela Arosemena

viernes, 6 de abril de 2012

Liberarse...

Liberarnos
de  miedos
ataduras
carga pesada.
Liberarnos
de prejuicios
sometimientos
angustias, temores.
Liberarnos
de remordimientos
culpas
sinsabores
dolorosos recuerdos.

Ser libres
con palabras
y en silencio.

miércoles, 4 de abril de 2012

Mamá... Papá...

Los llamo,

temo que no vengan.

Quiero que me acunen

cual niña pequeña.

Quiero que me abracen

me contengan

que me digan

que pronto pasará.

Los llamo

vulnerable, temerosa,

necesito escucharlos...

que me acaricien

que me calmen.

Los llamo nuevamente

ansiando que vengan,

cruzando los tiempos

atravesando fronteras,

escucharlos decir

que todo estará bien

que no tema.



Imagen: Abrazo- Sandra Patricia Spinelli

lunes, 2 de abril de 2012

Sueños delgados

Margarita fue muy feliz con el nacimiento de su hija. Le puso nombre de princesa, tenía grandes sueños para ella.


Estefanía poseía una alegría contagiosa. Todos la querían, era simpática, era fácil quedar prendado de su sonrisa, su dulzura, su corazón tierno e inocente.

Cuando cumplió doce años, Margarita comenzó a llevarla a todas las pruebas y concursos posibles. Quería que su hija fuera una modelo famosa. Le contaba sus grandes planes, contagiándole su entusiasmo, imaginando verla en las tapas de revistas, en la televisión, todas sus amigas le envidiarían su suerte, su belleza, su éxito. Margarita y Estefanía soñaban juntas, con un futuro mejor.

A veces se tiraban en el pasto, de cara al sol, riendo e imaginando lo que podrían lograr. Eran felices.

A medida que pasaba el tiempo, y nadie las volvía a llamar, Margarita comenzó a ponerse nerviosa. Conocía de memoria la frase: "Nos pondremos en contacto con usted si su hija resulta elegida”. Sus días fueron tornándose hostiles, empezaba a verle defectos a su hija, y la retaba si comía. Poco a poco Estefanía perdió la alegría de vivir, se sentía culpable por defraudar a su madre, por no ser lo que esperaba de ella.

Cuando se sentaban a la mesa a comer, Margarita vigilaba cada bocado que su hija se llevaba a la boca, su cara se volvió amarga. Las sonrisas de la casa se habían volado por la ventana abierta.

Estefanía a veces se sentía famélica, comía todo lo que tenía a su alcance cuando nadie la veía, pero luego corría al baño a vomitar todo, expiando así sus culpas. Su cuerpo perdió la frescura, convirtiéndose en un esqueleto que la sostenía.

Una tarde, se produjo el milagro. La llamaron para que se presentara en un desfile. Estefanía tenía quince años, y estaba a punto de recorrer la pasarela de sus sueños.

El día soñado llegó, la casa había recuperado un poco de su anterior alegría, había emoción en el aire, hasta sonrisas tanto tiempo olvidadas.

Le pusieron un vestido diminuto, dejando ver su cuerpo huesudo, desgarbado. Todos parecían felices.

El corazón de Estefanía latía con fuerza, se sentía un poco débil y mareada. Trató de recordar cuando había comido por última vez...

La música era suave, acompañaba su andar lento y casi tambaleante. El público era grandioso, todos la miraban a ella, era el centro de atención. Nadie se perdió su caída acompañada de un murmullo colectivo de sorpresa.

Mientras la ambulancia llevaba a una inconsciente Estefanía al hospital, Margarita se lamentaba, murmurando para sí, como poseída "Estabamos tan cerca de lograrlo..."